El sorprendente Emile d'Audiffret


Marie Bashkirtseff, Olga y Marie Sapogenikoff, tiempos felices en Niza. De fondo, el castillo de Emile d'Audiffret y, arriba, el paquebote Yang-Tsé con Emile a bordo, rumbo a Japón.


     Hoy vamos a comentar otro libro. Es el que escribió el joven Emile d'Audiffret durante su periplo alrededor del mundo, en 1878, tres años después de su relación con Marie Bashkirtseff. Fue publicado (en francés) en 1880, se dio en llamar Notas de un globe-trotter y llevó el subtítulo de La vuelta al mundo, de París a Tokio, de Tokio a París. 
    Aclaremos que Emile d'Audifret fue el protagonista de un intenso flirt de Marie Bashkirtseff durante los primeros años de ésta en Niza, años dorados de adolescencia, los más felices de la breve existencia de nuestra protagonista.
    
    Ahora bien, ya en éste nuestro siglo XXI, un lúcido editor descubrió aquel diario de viaje de Emile d'Audiffret y lo republicó en una elegante edición, ilustrada con sorprendentes estampas de época. Cambió el título a París-Tokyo-París y, en su prólogo dejó justificada esta reedición. Extraemos de allí éste último párrafo de su Prólogo firmado por Pierre-Vincent Angouillant: «La singularidad de este texto no reside sólo en algo que ya es imposible de encontrar en librerías. Las cualidades de espíritu, la elegancia del autor y la originalidad del testimonio le otorgan su verdadero valor.»

Paris-Tokyo-Paris. Notes d'un globe-trotter, por Émile d'Audiffret, Jean-Claude Gawsewitch Éditeur, París, 2004.





A Catherine Hayet, que descubrió el libro.



Pintura japones que muestra a los barcos negros del comodoro Perry llegando a Japón. En primer plano, Mattew. C. Perry visto por ojos orientales (fotomontaje).

    Julio de 1853. Cinco años antes del nacimiento de Marie Bashkirtseff, el Japón aceptaba la invitación de los acorazados del comorodo Perry y abría sus puertas al mundo. Para el país oriental fue el comienzo de más de una década de crisis cuyo fruto resultó el nacimiento del Japón moderno. Para las naciones occidentales, lisa y llanamente el deslumbramiento, tal como nos dejará escrito un irritado Guy de Maupassant, recogido por el prologuista Angouillant: «Jarrones de Japón, tinturas de Japón, sederías de Japón, juguetes de Japón, porta cerillas, tinteros, servicios de té, platos, incluso vestidos, peinados también, joyas, asientos, todo viene de Japón en este momento.»


Edouard Manet, retrato de Emile Zola (con estampa japonesa), 1868.

    Occidente se dejaba seducir por la refinada cultura del país del Sol Naciente, o al menos por la que había sido, antes de la llegada de la civilización. Así lo verá Emile d'Audiffret: «Aquellos que quieran tener una idea de lo que era el Japón de antes harían bien en darse prisa porque todo se europeíza terriblemente.» Y, descorazonado, agregará: «Muy chocante es el contraste entre la arrogancia y la insolencia de los europeos y la amabilidad y la cortesía de los japoneses» [...] «Los japoneses, que no quieren de ninguna manera permitir a los europeos vivir sobre el suelo sagrado del Japón, hacen todo lo que de ellos depende para hacerles difícil la estadía. Luchan tanto como pueden contra la invasión occidental. Quieren seguir siendo dueños del lugar. ¿Se equivocan? Pienso que no.» [...] «¡Nosotros pensamos que somos los primeros del mundo y que tenemos la llave de toda civilización sólo porque inventamos el cri-cri del sufragio universal!»

    Merced a la cohesión innata y al sentido patriótico de su pueblo y al orgullo de su casta samurai, el Japón había resisitido al imperialismo colonial. No fue jamás colonia —pocos años más tarde será potencia colonialista— y —¿o pero?— absorberá con fruición el legado cultural, político y sobre todo industrial europeo. 

    Mientras Europa comenzaba a ceder ante los Estados Unidos su rol hegemónico con esa larga serie de suicidios que había principiado en la guerra Franco-Prusiana de 1870 —Emile d'Audiffret había participado de ella en el 1° de Lanceros, voluntario, como simple soldado— para continuar en la Primera Guerra Mundial y sellarse con la Segunda, el Japón iniciaba el camino de su apogeo, que comenzó en la guerra ruso-japonesa y, aunque interrumpido tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial, proseguirá después gracias al Plan Marshall y asombrará al mundo con lo que se dio en llamar el Milagro Japonés. Potencia económica, se convertirá así en eslabón de lujo de esta sociedad de consumo que no sabe bien adonde va. ¿Cuánto habrán ganado y cuánto habrán perdido los japoneses con la llegada del comodoro Perry? 




    Marie Bashkirtseff comienza su Diario en 1873, a los catorce años, residiendo ya con su familia en Niza. Emile d'Audiffret tenía veintitrés y era el soltero más codiciado de la ciudad. Vivía solo en un castillo emplazado en la colina de Baumettes que, con su torre, dominaba la ciudad. En la versión del Diario que circuló durante cien años este castellano también fue víctima de la tijera de madame Bashkirtseff, al igual que Cassagnac, aunque tuve mejor suerte que éste último, que desapareció por completo. Emile aparece aquí y allá citado apenas como A.

El castillo de la familia Audiffret sobre la colina de Baumettes en Niza. Foto de época.

    Mientras Marie dispensaba sus energías a un amor platónico por el duque de Hamilton, a quien veía cuando éste visitaba a su amante nizarda, la bella Amélie Gioja, Emile d'Audiffret satisfacía su vanidad birlándose a la mujer galante —cocotte, como se las conocía en la época— cuando el duque estaba ausente.
    François Bensa, un pintor francés que dejó una gran cantidad de cuadros de paisajes nizardos, profesor en el Liceo de Niza, y que también tenía alumnos particulares, entre ellos a Marie Bashkirtseff, había sido testigo de las andanzas del joven Emile.

«En la lección de pintura con monsieur Bensa charlamos sobre el duque y nos dijo, hablando de la fortuna de d’Audiffret, que debe ser rico ya que hace regalos de veinte mil francos. —¿A quién?—, le preguntamos. Nos respondió que a Gioia. Al principio Bensa tomó al joven Audiffret por un palafrenero y le sorprendió que la duquesa le hablase.» (Lunes 24 de marzo de 1873)

François Bensa (1811-1895), Villa Arson, propiedad de la familia de Victor Arson de Saint-Joseph, joven amigo y compañero de las aventuras orientales de Emile d'Audiffret. (Foto: Wikigallery)






    Confiesa Emile d'Audiffret que ya no se sentía a gusto con una vida sin actividad y por ello un día, durante una cena en el por entonces famoso restaurante parisino de Louis Bignon (imagen), decidió, así de súbito, emprender su viaje hacia el lejano oriente.  

    Por cierto, la existencia de Emile d'Audiffret ya no volvería a ser igual. Su padre, Barthélemy Audiffret (1819-1889), que se hacía llamar marqués d'Audiffret, había contraído ingentes deudas y la debacle había golpeado sus puertas.

«Otra carta de mi tía: “Giroflá vino de visita. Está vendiendo todo por casi nada para pagar sus deudas y las de su padre. Lo compadezco, verdaderamente”. Pobre muchacho. También a mí me aflige, seriamente, si es que se va a arruinar para pagar las deudas del bribón de su padre. Muy lamentable. Un gentil caballero.» (Domingo 22 de agosto de 1875)

    Para 1878, el castillo en el que había vivido, crecido y tal vez nacido, ya no le pertenecía. Acababa de vendérselo a su amigo Joseph Caravadossi, conde d'Aspremont, por ciento sesenta y dos mil quinientos francos que, esperemos, no le hayan servido sólo para saldar añejos pasivos. 

«Y esta villa, los cipreses negros, el canto de las ranas en la fuente, el mar. Y, del otro lado, el castillo. El eucalipto ha crecido en estos seis años y ya no deja ver la torre. Incluso ya no escucharé, tal vez, el reloj… El castillo fue adquirido por el conde d’Aspremont… » (Martes 18 de abril de 1882)

    Así plañía años más tarde Marie Bashkirtseff, en una visita a la villa de Niza en la que había transcurrido su primera juventud, el escamoteo del castillo de su panorama nizardo y la ausencia de las entrañables campanadas de la torre, veladas por su incipiente sordera. Marie había conocido al conde d'Aspremont.

«Ayer sábado mandé a buscar al señor conde de Aspremont, que es presidente de la Exposición de Niza. Vino y hablamos de arte. Me prometió recibir mi busto, a pesar de que la apertura de la Exposición ha tenido ya lugar.» (Domingo 27 de enero de 1878)

    Podemos imaginarnos el ánimo del joven castellano en el momento de adquirir el pasaje para el Yang Tsé, modernísimo paquebote que la compañía Messageries Maritimes había botado apenas el año anterior. Francia era por aquella época una potencia colonial y éste y otros varios buques de la empresa se encargaban de llevar correo y pasajeros a los territorios franceses de Indochina. «Desplaza cuatro mil ochocientas toneladas y mide ciento veinte metros de largo. Excesivamente confortable en el interior, seis grandes salas de baño con bañeras de mármol blanco, duchas, etc., etc.; neveras de las mejores y, en fin, algo para no desdeñar, excelente cocina...»



El paquebote francés Yang Tsé en el que Emile d'Audiffret se embarcó hacia el lejano oriente. 

    Emile tenía toda la idea de viajar solo pero en Marsella, el puerto de partida del Yang Tsé, se encontró con su amigo Arson quien, en veinticuatro horas, tomó la decisión de acompañarlo en la travesía. Victor Arson de Saint-Joseph era descendiente, nieto o bisnieto, de Pierre-Joseph Arson, conde de Saint-Joseph, un personaje muy destacado en la historia de Niza. Integrante de la juventud dorada nizarda, Marie lo había frecuentado durante sus primeros años en la costa azul francesa. 
    
«Vimos luces en el salón amarillo, eran Paul con el joven Arson. Yo entraba toda sofocada. Me lo presentaron. Y los tres charlamos durante una hora, es decir, yo hablé. Arson es tan tímido… » (Lunes 6 de octubre de 1873)

    Los viajeros iniciaron su viaje desde el puerto de Marsella el 25 de agosto de 1878. Una noche, a poco de partir, d'Audiffret se despertó con sus ropas caladas por el agua y un griterío en los pasillos: casi todos los pasajeros habían olvidado cerrar las lumbreras y el mar embravecido había entrado en los camarotes. Emile se encontró entonces con un Arson empapado pero absolutamente feliz: su amigo se había embarcado con el terror de hacer un viaje sin emociones.

La vuelta al mundo de Emile d'Audiffret. De París a Tokyo (en rojo)



    
    En sus días de ocio en Niza, Emile d'Audiffret se rodeaba de una cantidad de amigos, algunos, como Arson, de la flor y nata de la sociedad.

«Fuimos a la música con Dina. Audiffret se paseó varias veces, exhibiéndose, delante de nuestro coche. Como sea, es un buen muchacho, se lo ve mucho mejor desde hace algún tiempo. He aquí estos pequeños de Niza: Arson, Audiffret y hasta ese pasante del notario Desforges, todos son agradables, nada repulsivos. Audiffret es el mejor de entre ellos, es más, su relación con una mujer de primera calidad en su género lo ha hecho crecer.» (Jueves 8 de octubre de 1874)

    El pasante del notario Desforges es Félix Galula-Dechiar. De familia judía probablemente de origen tunecino, Galula no pertenece al círculo de amigos ricos o nobles de Emile d'Audiffret pero es su compañero inseparable. Marie lo conoció cuando con su tía gestionaban los papeles de algún inmueble con el notario Desforges y pronto se hizo asiduo de la familia Bashkirtseff. Solían encontrarse en los teatros, en las playas de Niza, en donde Marie exhibía —si así se puede decir— su figura cuando iba a nadar o en «la música», que así se llamaba al momento en que las orquestas municipales ofrecían conciertos en las plazas públicas.
    
    Marie ponía en hora su reloj de bolsillo con las campanadas de la torre del castillo, que dominaba la ciudad. La familia Audiffret lo había hecho construir poco menos de un cuarto de siglo antes, en un estilo gótico teñido de romanticismo, según dice la literatura especializada. Existe hoy en día, convertido en hotel de lujo.

Sobre la colina de Baumettes en Niza, el castillo Audiffret en la actualidad.


«Vi a Terffiduá; él nos adelantó y, ante la vista de sus bonitos cabellos, de sus orejas coloradas y de sus frescas mejillas, tuve que confesarme a mí misma que es lindo y que se lo podría besar con placer en la mejilla, cerca de la oreja.» (Lunes 21 de diciembre de 1874)

    Terffiduá, es el apellido de Emile, escrito al revés. Por aquel entonces dos chicas —a quienes había conocido en Ginebra donde su hermano Paul cursaba la enseñanza media— se mudaron a Niza. Marie Sapogenikoff tiene la edad de Marie Bashkirtseff en tanto que su hermana Olga, dos años menos. Al principio Marie sintió cierta aprehensión debido al carácter liberal de las hermanas pero con el tiempo las tres muchachas se vuelven inseparables. Se dan en llamar a sí mismas Las tres Gracias.

Las tres Gracias de la mitología grecolatina, el encanto, la belleza y la creatividad, representadas por Rafael Sanzio (1504) y por Antonio Canova en 1813.


    Marie y Olga viven con su madre, Nina, y el amante de esta última, Nicolas Yourkoff. Los Sapogenikoff están separados a causa de que el esposo, que reside en San Petersburgo, ha contraído una enfermedad, venérea muy probablemente. Así lo explicará más adelante Marie Bashkirtseff:

«Ella se mostraba con Yourkoff cuando podría haber hecho como las demás y nadie la acusaría porque su marido tiene una espantosa enfermedad que hace que esté todo cubierto de llagas, está podrido, en una palabra.» (Martes 2 de mayo de 1876)

   
Marie Bashkirtseff, Olga y Marie Sapogenikoff, esta última destacada en color.


    En su casa de Ginebra, los Sapogenikoff hospedaban a un joven estudiante mejicano, Cima, y éste flirteaba a escondidas con Marie, la hermana mayor, que por entonces tenía unos catorce años.

«Ayer Cima casi me hacía la corte. Hoy a caballo, no, porque seguramente pensó: "¿Por qué hacer enojar a Marie?". Yo estoy aquí por un día y él reside en casa de ellos, es un muchacho práctico.» (Domingo 25 de mayo de 1873)

    Enterado Yourkoff, la relación se trunca. Tal vez haya sido el motivo de la mudanza a Niza. Marie Sapogenikoff sangrará de esa herida durante mucho tiempo después.



 


     El Yang Tsé tocará Nápoles «es la pompa más brillante de la diadema de esta hechicera de ojos azules que atrae a todo el mundo y que se llama Mediterráneo» y de allí navegará hasta la entrada del canal de Suez. El cauce había sido inaugurado apenas nueve años atrás luego de una década de trabajo y decenas de miles de muertos entre los obreros egipcios. La obra se debió al proyecto del francés Ferdinand de Lesseps (imagen), cuyo hogar Marie Bashkirtseff habrá de frecuentar.

«Entonces, esos niños de los Lesseps son algo curioso. Están acostumbrados a ser mostrados como un espectáculo y efectúan movimientos ordenados. Al cabo de cinco minutos estaban como en su casa y luego me pidieron que les haga sus retratos. Cada uno ha posado a su turno, dediqué cuatro o cinco minutos a hacer un croquis de los siete y al final el mayor encontró que estaba muy bien hecho.» (Sábado 7 de junio de 1879)

    Atravesarán el estrecho de Mesina y pasarán a diez millas de la isla de Creta, que Audiffret llama con su antiguo nombre. «¡El monte Ida! Habría querido detenerme en Candía y pisar con mis pies esta montaña cuyo solo nombre nos llena la cabeza de recuerdos mitológicos!» Aprovecha los días en alta mar para darnos un panorama de quiénes eran sus ocasionales camaradas en la travesía, empresarios, damas de la alta sociedad, alguna alta autoridad de las Mensajerías Marítimas... «Hay también cinco jóvenes misioneros, cuatro franceses y un holandés, que van a China y nunca regresarán.» Seis días después de la partida, el 31 de agosto, ya estaban en Port Said. El turismo para masas todavía estaba por inventarse y los jóvenes viajeros recorrerán el villorio egipcio a la entrada del canal y se codearán con la población local. «La primero que me vino a la cabeza fue preguntarle cómo era que una tan adorable criatura se encontraba allí, perdida en medio de ese desierto. "¡Oh! —dijo ella—, no estoy sola; estoy con mi padre, que es el propietario de El Dorado".»




 

    Navegando el Mar Rojo a bordo del Yang Tsé la temperatura alcanza los 38°C «y ni una gota de aire para respirar, tenemos que dormir subre el puente.» El 10 de setiembre pasan el cabo Guardafui, el punto extremo del Cuerno de África en la hoy Somalia, atraviesan el Mar Arábigo para arribar cinco días más tarde a Pointe-de-Galle en la insular Ceilán, ahora Sri-Lanka. «Durante esta travesía he podido convencerme de la existencia de los peces voladores. Se los ve en cantidades remontándose de una ola a la otra y a menudo recorriendo así ochenta a cien metros fuera del agua.» En Ceilán, el yang Tsé se ve rodeado por los habitantes locales que navegan en sus típicas canoas que, con dos traversas y un contrapeso para mantener su equilibrio, aún existen hoy en día. «Imposible distinguir su sexo porque nadie tiene barba y todos llevan sus largos cabellos trenzados y recogidos sobre la cabeza.»




    Atraviesan luego las aguas del golfo de Bengala para entrar, el 19 de setiembre en el estrecho de Malaca y arribar bajo un calor agobiante al día siguiente a Singapur. «Las calles se ven muy animadas, colmadas de chinos fumando y acuclillados en masa en cada esquina [...] Singapur es un puerto franco en donde importantes establecimientos y serias casas de comercio se han establecido.»
    Tres días más tarde estarán en Saigón (hoy Ho Chi Minn) en los territorios coloniales de la entonces Cochinchina francesa. «Esas casas sobre pilotes a nivel del río durante la marea alta, permanecen suspendidos, en la bajamar, a dos metros en el aire sobre un fango fétido, infecto y malsano.» Hay gente que se encarga de los servicios entre los muelles y los barcos que anclan sobre el río. «Viven sobre su barcaza que es muy parecida a las góndolas de Venecia excepto la elegancia y la limpieza, no tienen habitación; sus mujeres, sus niños están ahí, con ellos; estos últimos retozan en el fondo de la embarcación, desnudos, mientras que el marido rema atrás y adelante la mujer cocina.»
    En la mañana del viernes 28 llegaron a Hong Kong. «Las calles costeras son muy hermosas, sobre todo del lado de la ciudad habitada por los ingleses, donde hay bonitas casas de dos y tres pisos.» Hasta allí llegaba el Yang Tsé. Luego de cuarenta días de navegación, d'Audiffret y Arson deben trasnbordar al Volga, que los llevará hasta Yokohama, el puerto japonés abierto a los extranjeros. «Bien está lo que bien acaba. Esto ha terminado muy bien porque la tarde del miércoles 9 de octubre desembarcamos en Yokohama, sobre la bienaventurada tierra del Sol Naciente, sobre ese Japón maravilloso, objeto de mi viaje.»





 

    Luego del desencanto con el duque de Hamilton (imagen), Marie Bashkirtseff había comenzado a interesarse más y más en el joven nizardo. Ella tenía un amplio sentido del humor. Un día, junto a Marie, Olga y Nina, la madre de las muchachas, disfrazadas como estrafalarias inglesas ingresaron al castillo, Emile acababa de despertarse y no las reconoció. Mucho después, éste les contará la anécdota ante la disimulada hilaridad de las mujeres.
    Meses y meses de ansiosa espera hubieron de transcurrir mientras pensaba que algún día el joven Galula le presentaría a gallo de Niza, señor del castillo. Hasta que un día sucedió.

«Ahora, escuchen: fui al mar con mi tía y Sabatini (vestido archiduque, bien) Galula nos ofreció la mano para descender del vehículo, nos acercó un banco y se sentó en el suelo, luego encontró uno para él. Audiffer permanecía detrás con Saetone y los otros. Al final, al cabo de diez minutos o un cuarto de hora, Galula lo miró, se levantó y nos lo trajo. ¡Ah!  —Permítame, señora, presentarle a mi amigo, monsieur Emile d’AudiffretSaludó, mi tía le respondió, luego se dirigió a mí y yo hice un ligero movimiento de cabeza, con una leve sonrisa, fría e indiferente, en apariencia.» (Viernes 28 de mayo de 1875)

 

    Salidas campestres, encuentros en la ciudad, invitación a algún baile fueron dando forma a las ilusiones de Marie y sobre todo a las de su familia.

«Audiffret bailó conmigo y, cuando me tomó por la cintura y yo me apoyé ligeramente sobre su hombro poniendo mi mano derecha en la suya, sentí esa descarga eléctrica sobre la que he hablado anteriormente. Baila bien. Y su mejilla rozó la mía. ¡Que hombre dichoso! ¿Lo habrá pensado? Espero que sí. ¡Qué estúpida es la gente de mundo! Venir en corsé se cuenta como indecoroso pero en un baile los escotes muestran mucho más. Tocar la mano apenas una vez es inconveniente pero en el vals uno se abraza a gusto. Yo no sé cómo hacen las otras. En cuanto a mí, yo bailo bien inclinada hacia mi caballero, aunque sin apoyarme, lo suficiente como para rozar su cara con mis cabellos, si es que él es alto, o con mi mejilla si es como Audiffer.» (Sábado 19 de junio de 1875)



     Otro de los amigos de Audiffret era Andriot Alphonse Saetone (1840-1889), jefe de la Oficina de Beneficencia Prefectural, quien, a partir de 1873 dará forma al Carnaval de Niza tal cual se lo ha conocido hasta la actualidad: cortejos de carruajes de día y de noche, batalla de confetis de papel, combates de flores que lo han convertido en uno de los más importantes del mundo. Tenía diez años más que Emile y será junto a éste asiduo comensal en las cenas de la casa de Marie. Audiffret lo presenta como su tío. Veinte años mayor que Marie, en más de una ocasión intentará aproximar a los dos jóvenes.

«En la playa Saetone me dijo de manera misteriosa que últimamente él me notaba triste pero que desde ayer me ve alegre, en una palabra, que recibí una declaración de su sobrino. Yo le di a entender que no comprendía nada y me reí de sus misterios y sus enigmas.» (Lunes 12 de julio de 1875)

Plaza Saetone en Niza. La ciudad todavía lo recuerda y tiene mucho que agradecerle. A la izquierda un restaurante de comida casera que lleva su nombre. (Foto: Google Maps)

Saetone, Arson y Audiffret en el comité organizador del Carnaval de Niza de 1885, según Le Figaro del 7 de febrero de 1885.




    Hasta el momento, lamentablemente, no hemos podido localizar ninguna fotografía de Emile d'Audiffret aunque Marie Bashkirtseff nos deja una valiosa pista para imaginarnos sus facciones. Como ya hemos visto en otro post, a ella le gustaba referenciarse a través de las esculturas, en este caso lo hace comparando al castellano con el grabador, pintor y ceramista italiano Bartolomeo Pinelli (1781-1835). La foto, crédito de Wikimedia Commons.

«En el Pincio hemos visto el busto de Pinelli, el grabador, que se parece a Audiffret de una manera impresionante, sólo que Audiffret no tiene barba y este Pinelli tiene un triángulo bajo el labio inferior. Observen a Pinelli y tendrán una idea del hombre del que me he ocupado tanto y del que me ocupo todavía. No olviden agregar unos magníficos ojos y una tez admirable. La boca de Audiffret es un poco más afilada.» (Sábado 8 de enero de 1876)

Marie Bashkirtseff, Olga Sapogenikoff, destacada en color, y su hermana Marie Sapogenikoff.

    Olga Sapogenikoff, la menor de las Gracias, chica culta, inteligente y de rostro agraciado, acaso más que el de Marie Bashkirtseff, será la que más congenie con esta última. En un momento dado juntas emprenderán la escritura de una novela. El héroe, por supuesto, será el noble castellano.
    Imaginemos desde esas páginas, de la pluma de Marie Bashkirtseff, esta fotografía de Emile d'Audiffret, extraída de la pieza literaria que jamás se vio concluida y démosle un poco de vida al rostro de piedra de Pinelli-Audiffret: 

«Es de talla mediana, nervioso, vigoroso pero delgado y elegante. Cabellos castaños, casi negros, una frente de una blancura deslumbrante, un rostro ovalado, de mejillas frescas y aterciopeladas como un durazno, un pequeño bigote recto, más rubio que los cabellos y unos labios color sangre que, al abrirse, dejan ver una doble hilera de dientes tan regulares como blancos. Una nariz larga aunque bien hecha. Grandes ojos negros, no esos ojos italianos aceitosos y furibundos, sino brillantes y oscuros, chispeantes de espíritu y de alegría y, a veces, profundos y burlones. Todo esto le otorga una fisonomía que las mujeres nunca veían con indiferencia y, cuando él fijaba su mirada límpida y altiva sobre ellas, las más frías se sentían emocionadas y su corazón latía más rápido que de costumbre». (Sábado 19 de febrero de 1876)

    Olga Sapogenikoff también había caído bajo el embrujo del señor del castillo y le disputará con desesperación a Marie su interés y su compañía. La muchacha terminará perdidamente enamorada del joven Emile, a quien ya apodaban Giroflá.

«Olga Sapogenikoff se ponía colorada a causa de las miradas que el bello muchacho le lanzaba. Ella cree que él me mira para desorientar a la gente y yo creo que él la mira a ella por el mismo motivo. Cada una de nosotras se cree la preferida, es divertido.» (Viernes 2 de julio de 1875)

    Olga Sapogenikoff será Giroflé. Los motes, extraídos de la opereta Giroflé-Giroflá, que se había estrenado con gran éxito en 1874. Celosa, Marie Bashkirtseff nos deja esta despechada comparación:

«Nos desvestimos juntas y saltamos la una detrás de la otra en ese estanque de agua límpida y fresca. Me sentí muy satisfecha cuando noté la incontestable superioridad de mi cuerpo por sobre el de mis Gracias. Marie es de talla muy pequeña y demasiado rolliza, todo en ella es voluminoso y graso. Olga es esbelta y blanca pero su busto ya se ve caído, para nada firme, teniendo en cuenta que tiene quince o dieciséis años.» (Lunes 14 de junio de 1875)

    Otros muchos apodos tendrá Audiffret para Marie y las Sapogenikoff: Audiffer, Terffidua (escrito al revés), el paisanito, Bibi. Cuando el flirt que nunca llegó a madurar se agota y Audiffret se aleja, Marie lo bautizará Soroka (urraca, en ruso) y se ensañará con este otro que repetirá una y otra vez a lo largo del resto del Diario: el Sorprendente pero estúpido Emile d'Audiffret.

«Encuentro bastante tontas las páginas de los últimos días de mi Diario.  Todo está disperso, salto de un punto al otro, escribo sobre los asuntos más simples como si fuesen trascendentes. Me apresuro, me distraigo y la calidad se resiente. El culpable es el sorprendente aunque estúpido Emile d’Audiffret.» (Martes 22 de junio de 1875)

    En cuanto a las Sapogenikoff, los días de fiesta en Niza habrán de terminar de la peor manera. Humillado en Montecarlo por su escandalosa relación con Nina Sapogenikoff, Yourkoff se suicida. Madre e hijas deben retornar a San Petersburgo.

«—¡Alcánzale esta rosa a Dina! —me gritó Giro, mientras el tren estaba ya en movimiento. 
—¡Está bien!—, le respondí, recogiendo la flor y pasándosela a Dina. Después fui hasta el extremo de la estación y abrí mi sombrilla blanca para que, agitándolo a pleno sol, fuese más visible para nuestros queridas viajeras que sacudían furiosamente sus pañuelos. 
¿Saben el por qué de esa rosa de Giro a Dina? Para que se la entregue a Emile. Y bien, me encargaré yo de la comisión.» (Domingo 7 de nayo de 1876 )

    Para Marie Bashkirtseff fue el fin de los años más felices de su corta existencia. 

«La marcha de los Bim-bam, Nina… esa mujer que tenía aristas homéricas…: los disfraces, las salidas nocturnas vestidas de hombre, mis Gracias… ¡Dios mío, sí, esa fue mi primera juventud!, ¡la verdadera! Los brandeburgos de Marie, el paletó gris de Olga… las veladas en la Ópera, la Torre… Creo que todo lo que la Providencia nos acordó de alegría fue gastado entonces… Si ellas estuviesen aquí, Nina iría al atelier «a ver hombres desnudos», invitaría a los modelos a tomar el té en su casa, imagino… y las carreras que haríamos… ¡Ah!, ¡mis quince años! ¡Ah!, ¡mis Gracias… el rostro de la barbarie!... Sí, era la felicidad, el Barrio Latino, la alegría… éramos estudiantes… que no estudiábamos nada… pero que han tenido su juguete: Emile d’Audiffret.» (Viernes 7 de diciembre de 1877)

    Se volverán a encontrar una vez en San Petersburgo, durante uno de los viajes de Marie Bashkirtseff a Rusia. Más tarde, ambas hermanas habrán de casarse.

San Petersburgo, foto de época.

«A propósito de las Sapogenikoff, Olga se casa con uno de los Meissner, el hermano del que conocí en Niza. [...] ¡Esa querida niña y ese buen Emile, ese excelente Giroflá! El matrimonio será en enero, los esposos estarán pronto en Niza, entonces. ¿Podrán creerlo?: me alegro por Olga: ese golpe de teatro largo tiempo deseado, desde hace dos años, va a producirse por fin. Es como si una de mis fantasías fuese a realizarse. [...] Olga no tuvo más que un verdadero amor, las otras tonterías han quedado atrás pero ella es tenaz. Es muy feliz de haber encontrado su ideal. [...] Ese Meissner será fácilmente barón de Meissner en Niza y creo que tiene una cincuentena de miles de francos de renta.» (Jueves 27 de diciembre de 1877)

    El rastro de la bella Olga Sapogenikoff y el de su hermana Marie se pierden luego en la bruma de los tiempos. ¿Qué habrá sido de ellas?

Marie Bashkirteff junto a sus amigas Olga y Marie Sapogenikoff. Foto de época, coloreada.




 
    La ciudad de Yokohama, la única permitida a los extranjeros, está dividida en dos partes, una sección destinada a las residencias de los forasteros y otra, la antigua, en la que habita la de población nativa. Arson y Audiffret, por supuesto, comienzan recorriendo las calles de esta última. «Todo tiene el aspecto de estar de fiesta. Todo el mundo trota, corre, habla, ríe. En las casas, muy luminosas y abiertas a todos los vientos, podemos ver a sus habitantes, sentados sobre esteras blancas y limpias, o calentándose los dedos y la nariz frente a su hibashi [braserillo].» En cuanto a la otra zona de la ciudad, que también recorre, su juicio es breve y cáustico: «La imagen de los europeos que uno encuentra en las calles o en la puerta de las tiendas no entrega la más alta idea de su distinción, casi diría de su moralidad. [...] Esta colonia no ofrece la estampa más granada de Europa.»
    Pero Audiffret está decidido a no permanecer en Yokohama —«no he venido a Japón para no ver más que europeos»— y, dispuesto a obtener un permiso extraordinario para residir en Tokyo, inmediatamente toma un tren y recorre las cinco estaciones que lo separan de la ciudad capital. El ferrocarril había sido construido por los ingleses pero ahora estaba completamente en manos japonesas. Con  Arson visitan a Françis de Geoffrey, funcionario de la embajada francesa, quien les promete gestionar el permiso. «¡Nos integrará a la legación, a título de cualquier cosa, intérpretes, por ejemplo!» 




    Recorrerá el barrio de Tokyo destinado a los funcionarios extranjeros pero comprobará que está demasiado lejos del centro y es demasiado sucio para su gusto. «Mañana iré a ver a los ministros japoneses para quienes tengo cartas de presentación.»
    Los días siguientes los dedicará a viajar de Yokohama a Tokyo para visitar a funcionarios. La primera visita es para con el ministro del Interior, Ito, que lo recibe vestido a la europea y hablando inglés. Uno de sus amigos se acaba de contruír una casa y el ministro le pedirá que antes de estrenarla se la ceda a los amigos mientras dure la estancia de éstos en Japón. 
    Mientras tanto continuarán en Yokohama. Una noche paseaban por el barrio japonés y contemplaban a las familias reunidas en sus casas completamente abiertas. Entonces, a instancias de Arson, deciden ingresar en una de ellas. Son recibidos con mucha hospitalidad y hacen sus primeras armas con el idioma japonés.
    El 13 de octubre a las tres de la tarde Audiffret visita al general Saigo Tsukumichi, ministro de Guera y de Instrucción Pública. Saigo le promete hacerle visitar todos los cuarteles, la Escuela militar y los arsenales; también, en el área de educación, las escuelas de varones y las de mujeres. Le asegura además que se ocupará de la autorización para residir en Tokio.



    Por supuesto, habrá de notar la diferencia de óptica respecto al pudor en ese país en que la desnudez no representaba inmoralidad como en el mundo del que Audiffret proviene.
    Visitará una casa de baños. «Hay una píscina con unos setenta centímetros de agua casi hirviendo del que se libera un vapor intenso que hace que a primera vista los y las bañistas aparezcan como en una nube». Cuando varios de ellos se acercan para invitarlo al agua, Émile se retira apresuradamente diciéndoles, a través del intérprete, que sólo había entrado para mirar. Entonces lo despiden con un estallido de risas: a ningún japonés se le hubiese ocurrido entrar a un baño para mirar. «¡Pero a nosotros, los europeos!» Más tarde volverá sobre el tema: «Un día en que hablaba con un japonés de esta costumbre extraña le dije que nosotros, extranjeros, considerábamos como un acto de indecencia que se metan hombres y mujeres [desnudos] en la misma piscina. "¡Es que ustedes, los occidentales, tienen la imaginación podrida!", me respondió, mientras se alzaba de hombros.»
    Aquí y allá Audiffret nos va dejando una tras otra este tipo de pinceladas de color y otros muchos trazos de la historia reciente y de la antigua —la línea sucesoria del emperador, por ejemplo, tiene dos mil quinientos años initerrumpidos— para ponernos cómodamente en situación con los hechos que va narrando.

    El miércoles 16 Audiffret visita la escuela militar, construida según el proyecto elaborado por la agregaduría militar francesa. El nuevo ejército japonés se organizaba según criterios occidentales y el de Francia, potencia europea, había sido el elegido una década atrás. «Cualquiera creería estar viendo a diez mil franceses, tanto se parecen los uniformes, el equipamiento y los movimientos a los nuestros . El desfile estuvo admirable.» El general Saigo lo lleva a conocer la fábrica de armas. «Por todas partes el vapor aplicado a las más modernas invenciones mecánicas; centenares de obreros trabajando con una actividad febril y la más grande inteligencia en la fabricación de fusiles [...] El ministro me dice sonriendo que espera que pronto el arsenal Mito estará listo incluso para recibir pedidos de Europa.» 
    El general Saigo también lo acompañará a visitar la fábrica de papel moneda de Tokyo y allí apreciará su funcionamiento hasta en los menores detalles.



    Acerca de una noche de geishas, nos habla de un antiguo juego chino muy popular en Japón, y que sólo habría de llegar a Occidente en el siglo XX. Audiffret describe cómo las jóvenes mujeres juegan al piedra, papel y tijera. «Sería un gran error creer que se puede poseer a una geisha como a una simple cortesana. Si se descubriese que una de ellas tiene un amante, sobre todo si es europeo, ella sería inmediatamente excluída de la categoría de geisha y caería en el rango de las joros [prostituta].»




    Al fin, Arson y Audiffret se mudan a su flamante hogar en Tokyo. «Estamos dichosos, encantados con nuestra casa. Por  cierto que no es excesivo el calor con sus paredes de papel pero al menos estamos en el verdadero Japón.» Desde allí habrán de visitar la ciudad de Nikko y sus templos. «Los pobres monjes de Buda han caído en desgracia puesto que el Shinto fue reconocida como religión de Estado.» Para recorrer el centenar y medio de kilómetros utilizan los ómnibus que un emprendedor japonés, llamado Sakuma, había descubierto en un infortunado viaje a los Estados Unidos. En Japón implementó el servicio con carretas tiradas por caballos. Las paradas, en las casas te té. «No hay en Japón una casa de té, incluso las de más floja apariencia, que no tenga su piscina de agua caliente. Así es que sus visitantes, cualquiera sea la clase a la que pertenezcan, están extremadamente limpios.»

    En Tokyo, se codea con la flor y nata de la sociedad local y la de los diplomáticos extranjeros. « Farewell ball ofrecido por la colonia inglesa [...] Había, tal como yo esperaba, algunas damas japonesas [...] madame y mademoiselle Sano. Esta última es una de las más bonitas personas de Tokyo y por cierto su belleza cálida y regular, de una pureza perfecta en su tipo, sostenía ventajosamente la comparación con nuestras beldades europeas.»

    Una mañana asiste a la aparición del emperador en las calles de Tokyo. Los occidentales ante una situación similar batirían palmas, gritarían y se manifestarían de cualquier otra forma. La admiración de los japoneses se traduce en cambio en un silencioso y respetuoso embeleso. «¿Cuál de las dos formas prefieren ustedes? A mí me gusta más la segunda.»

    Espectáculo en el teatro Shimabara, el más importante de Tokyo. Las funciones se prolongan desde el mediodía hasta la medianoche y a veces continúan durante dos o tres días. Los japoneses adoran el teatro y en sus palcos consumen sus tentempiés y beben cantidades ingentes de té. Audiffret nos narra la trama del melodrama al que asistió. Sentencia luego: «No hay en Japón ningún teatro europeo y el campo está abierto, al menos en concesiones, a empresarios bastante audaces como para arriesgarse al negocio.»




    Visita a una de las más importantes fábricas de lacas y esmaltes alveolados en la que trabajan en su mayoría muchachas jóvenes y niñas. Audiffret admira el paciente y concienzudo trabajo y describe meticulosamente sus técnicas. «Se obtiene, gracias a la destreza de los japoneses, a la pequeñez de sus manos y a su paciencia, una gran fineza de ejecución, un acabado perfecto.» También, un recorrido por una fábrica de papel que en el Japón de aquellos días tenía múltiples aplicaciones. «Aquí también sirve para reemplazar los vidrios de las ventanas; se hacen, después de haberlo encerado, abrigos impermeables, paraguas, sombrillas, abanicos y, en fin, cuerdas.»

    Diez años atrás habíase abolido el régimen feudal. Los otrora grandes señores y la clase samurai cedieron todos sus bienes al Estado, a cambio de una indemnización. Muchos cayeron en mano de especuladores que los arruinaron. Audiffret cuenta el caso de un antiguo gran señor que terminó tirando de un jinrikisha, el taxi de dos ruedas a tracción humana.

    Luego de tres meses de estadía en las tierras del sol naciente, se aproxima el día del adiós. Sus amigos japoneses lo invitan a un gran almuerzo de despedida. A la hora de los brindis, Emile d'Audiffret levanta la copa y exclama en japonés: «General Saigo, ¡brindo por este Japón que amo!, le agradezco mil veces sus bondades. ¡Adiós, general! Venga pronto a vernos a Francia. (Al menos es lo que creí decir)»




    Una última excursión. «Los habitantes y los pescadores que encontramos en el camino son muy educados y siempre acompañan su ohaió con una profunda inclinación o una sonrisa.»

    El 23 de enero abandonan Tokyo para permanecer en Yokohama hasta la partida del City of Tokyo, que los llevará hasta San Francisco, California. «¡Adiós, Shimbasi! ¡Adiós, Yedo! ¡Ya no veré los grandes árboles de Siro ocultar con su follaje las ruinas del palacio de los Tokugawa! ¡ya no veré el imponente Fujiyama, ese gigante tan alto que parece querer aproximarse a los cielos para confiarles los secretos de la tierra! ¡Adiós mi pequeña casa de papel! ¡Toronamon, adiós!...»



    Veinte días se prolongará el viaje a través del Pacífico. Audiffret aprovecha para redactarle una extensa carta a su amigo Saetone. «No sé, mi querido amigo, si lo que experimento es común a todos los viajeros o si es una fastidiosa especialidad; pero cuando abandono para siempre un país en donde he pasado instantes agradables, en donde quedan amigos queridos que tal vez ya no volveré a ver, siento siempre un vago sentimiento de tristeza y una necesidad de soledad que me permita pensar una última vez en todo lo que dejo detrás de mí.»

Segunda parte de la vuelta al mundo de Emile d'Audiffret. De Tokyo a París (en rojo).

    El jueves 6 de febrero, un hecho luctuoso. Uno de los doscientos chinos que emigraban hacia los Estados Unidos en tercera clase, luego de apostar y perder el poco dinero que traía, se arroja al mar. 

    El viernes 14 desembarcan en San Francisco. No más pisar suelo americano, Audiffret despertó subitamente en el mundo occidental. «Nada me demoré en constatar que llegamos a un país civilizado, fue cuando me di cuenta de que mi bolso de viaje con mi fortuna de globe-trotter acababa de desaparecer...» Lejos aún de Hollywood o de Sillicon Valley, la costa Este de Norteamérica no presentaba demasiados atractivos. Construida a las apuradas treinta años antes durante la fiebre del oro, San Francisco era una ciudad levantada mayormente en madera. «Uno se creería más en un vasto campamento que en una ciudad.» Asiste a una función teatral de una pieza traducida palabra por palabra de una obra francesa. Los niños pedigüeños no mendigan comida como en Francia sino una entrada para el teatro. Cobra un cheque en un banco sin que le pidan identificación. Se asombra del servicio del hotel en donde puede consumir lo que quiera y durante todo el día sin el menor control.
    Y vuelta al tren. «Llegamos a Sacramento a las cuatro de la tarde [...] el aspecto de esta ciudad de veinte mil habitantes es bonito y agradable a la vista.» El jueves ya están en Ogden, Utah. Trasbordo de tren y partida hacia las Rocallosas. En Omaha, Nebraska, el sábado. «Una pequeña y bonita ciudad de veinticinco mil habitantes levantada sobre una encantadora colina en la ribera derecha del Missouri.» El domingo, cruce del Mississipi y llegada a Chicago. «Se sienten las primeras bocanadas, muy ligeras todavía, del viento de la civilización del Este [...] Las personas que mascan escupen con menos ruido y disimulan lo más posible los bolos de tabaco que tienen en la boca.» En menos de cincuenta años Chicago pasó de ser un pueblo de dos mil habitantes a una ciudad de doscientas mil almas. Visita al teatro, otra obra francesa traducida al inglés.




    Y otra vez en tren. A Buffalo y desde allí a las catarátas del Niágara, en la frontera con Canadá. Aquí un Audiffret pasmado por el imponente espectáculo se extiende varias páginas en las que incluye un poco de historia y otro tanto de las crónicas fatales de quienes encontraron la muerte en las gélidas aguas.
    El viernes 28 de febrero parten hacia Nueva York para arribar en la madrugada del día siguiente. En el parque Madison Sqauare está emplazado un brazo de la futura Estatua de la Libertad «que Francia le regalará a los Estados Unidos y cuya cabeza se encontraba el año pasado en la Exposición Universal de París. Esperamos que este brazo y aquella cabeza terminarán por encontrarse.». 




    Audiffret y Arson recorren la ciudad y quedan admirados por la belleza de las construcciones. El domingo 2 de marzo viajan hacia Filadelfia. «Arson quiere partir hacia el Sur, yo quiero quedarme en el Norte. Hemos hecho una muy buena dupla desde el momento en que nos embarcamos en el Yang Tsé como para contrariarnos ahora en lo que sea, llegados al final de nuestra trayectoria de vagabundos [...] en el momento en que el tren se sacude, escucho su voz que me grita una vez más desde la portezuela: "¡Sayonara, tomodachi, sayonara!"» 




    Visita al palacio de la Exposición Universal de 1876, el edificio está intacto por fuera pero ya completamente vacío en su interior. «Paso en silencio la larga serie de reuniones, de cenas, de veladas que colman tan agradablemente el tiempo que paso aquí.» Luego, visita a Washington, el Capitolio y la Casa Blanca. El 21 de marzo Audiffret alquila un apartamento en Nueva York. «Mi Diario está casi por llegar a su fin —escribe el 1° de  abril de 1879—, lo que agregaré ahora no tendrá el sello de ninguna novedad. Las fiestas, los bailes se suceden sin interrupción y a pesar de la Cuaresma, Nueva York baila, actúa la comedia y pasa sus veladas en el teatro.»

    El Diario de Viaje de Emile d'Audiffret se cierra en París el 26 de mayo de 1879. «Amo Norteamérica y a los norteamericanos. Pasé dos meses encantadores en Nueva York.» Arson aparece en su cuarto de hotel, había llegado cuatro días antes. «¿Habías estado en Bignon la víspera de tu partida? Vayamos a cenar el día de tu llegada y habrás dado la vuelta completa!»






    
    Hemos planteado aquí un brevísimo resumen del diario de viaje de Emile d'Audiffret. Para comprender su verdadera esencia, el lector deberá imaginarse que cada uno de estos escasos episodios que hemos escogido va siempre acompañado de una penetrante descripción del carácter de los personajes —y de su biografía cuando corresponde—, de un pormenorizado panorama histórico de los  hechos que describe —se aprecia que Audiffret ha estudiado en profunidad el pasado del Japón— y de unas muy amenas anécdotas de la vida cotidiana que hacen, en su conjunto, un libro muy agradable a la lectura, un texto que parecería haber sido escrito en nuestros días.


    Emile d'Audiffret había nacido como Joseph Audiffret en Niza, el 18 de marzo de 1849 y habrá de morir el 15 de diciembre de 1905 a la edad de 55 años. Sabemos que se casó y que su mujer se llamó Thérèse Manuelli Visconti. Tuvo una hija, Sybille d'Audiffret, que nació el 5 de noviembre de 1885, en Milán, Italia. Luego, es posible inferir que Emile haya vivido en Italia después de su casamiento.
    Sybille d'Audiffret se casó con Jules-Clair-Dominique-Joseph Targhetta. El linaje de Emile d'Audiffret llegó casi hasta nuestros días a través del apellido Targhetta que portaron sus nietos.
    De ese matrimonio nacieron, en efecto, Jean-Leopold Targhetta (1912-1991) y, once años después de la muerte de Emile, Emile Targhetta (1916-2008). Este último, que se dio en llamar conde Emile Targhetta-d'Audiffret, fue un personaje veneciano bastante reconocido al que se puede encontrar en varias páginas de Internet.


    Emile d'Audiffret viajó a un Japón que lo deslumbró y del que se enamoró perdidamente. De esa dilección nos dejó testimonio a lo largo de las páginas de su Diario de viaje, que fue a su vez pretexto para este artículo. «Me complazco a veces en pensar que esa isla larga y verdeante [...] es a nuestro globo lo que la primavera al año; que todo lo que allí vive, todo lo que allí sucede, todo lo que allí brilla, tiene más vida, más fuerza, más esplendor que en cualquier otra parte. [...] Junto a los innumerables vestigios del inmemorial esplendor y de la antigua civilización [...]; junto al espíritu guerrero y caballeresco, que hace que un japonés no faltará jamás a su palabra, se encuentra la urbanidad más exquisita, la más grande; una ingenuidad encantadora y un inmenso deseo de instruirse y de aprender todas las cosas que todavía ellos no saben.»

    Ahora bien, luego de su lectura, no podemos dejar de formularnos una evidente incógnita: ¿cómo es que se le abrieron las puertas de los más altos funcionarios nipones si es que viajaba en calidad de simple turista? ¿Ha sido simplemente una cuestión de snobismo por parte de los japoneses, deslumbrados como estaban por los occidentales y el mundo occidental? Pero llama la atención que en todas las entrevistas nunca ha estado presente el joven Arson cuando, de haber viajado ambos en pie de igualdad, tal como lo describe Emile, aquél no se habría perdido ninguna de ellas. Emile, que escribió para los lectores de su siglo, tal vez nunca se imaginó que nosotros, más suspicaces, nos formularíamos tales interrogantes. 
    Es, entonces, a todas luces probable que Emile haya viajado a Oriente cumpliendo una misión. ¿Representaba, tal vez a algún ministerio de la República? ¿A algún gran interés comercial acaso? Antes de partir hacia Oriente había estado en París y en Londres.

«Mamá, Dina y Marie fueron al Bois y cerca del Grand Hotel donde van siempre a comprar los diarios rusos para el abuelo se encontraron con Marx (ustedes se acuerdan de aquel del verano pasado en Wiesbaden) y con Audiffret, el Sorprendente. Este último, el sorprendente pero estúpido Emile, viene de Niza y se va para Londres.» (Domingo 12 de mayo de 1878)

 

    Y se da la circunstancia de que, a poco de regresar a Francia, Marie lo encuentre en casa de Ferdinand de Lesseps, el gran entrepreneur de proyectos faraónicos en el exterior. Lesseps había alcanzado la gloria apenas unos años antes construyendo el canal de Suez y tenía entre manos el proyecto del de Panamá, en el que años más tarde se consumiría todo su prestigio, dicho sea entre paréntesis.

«Bueno, visité a los Lesseps con los Lacon. Madame de Lesseps ha estado lo más amable del mundo y luego nos llevó a ver a sus hijos, todos hermosos y dormidos. Tienen el salón más curioso de París, por lo que dicen. Todas las celebridades, toda la gente ilustrada, todas las embajadas, todas las bellezas. Cuando atravesábamos el fumador (para ir a ver a los niños), donde había una veintena de hombres, el príncipe Soutzo me saludó. —¡Señorita, qué coincidencia!—. Me volví y vi… al Sorprendente pero estúpido Emile d’Audiffret. —¡Ah, pero si es usted, señor, lo creía en China! —Acabo de llegar de allí. Hace tres días. Pero, mire, encontrarnos otra vez… —Nos hemos conocido muy jóvenes. —¡Usted ha crecido, señorita! —¡Pero usted también, señor!—. Vino enseguida a sentarse junto a mí y charlamos pero yo tenía sueño, estaba desorientada. No me divertí pero espero que esto nos abra las puertas de este salón.» (Jueves 29 de mayo de 1879)

 

    Tal vez venga al caso mencionar aquí que dos años antes Ferdinand de Lesseps había enviado a Pierre Savorgnan de Brazza (foto) a explorar la región africana del Congo, lo que dio origen al Congo francés, actual República del Congo, cuya capital continúa llevando su nombre, Brazzaville.

«Esta noche a casa de los Lesseps [...] Mamá, Dina, Berthe y su marido, el célebre viajero Brazza...» (Jueves 7 de agosto de 1879)


    De las páginas del Diario de Marie Bashkirtseff poco es lo que se desprende acerca de la verdadera personalidad de quien había sido el gallo de Niza, el señor del castillo, Emile d'Audiffret. Los lectores de las primeras ediciones, que se extendieron hasta finales del siglo XX, ni siquiera conocían su identidad. Para quienes leímos la versión integral, fiel al manuscrito, la imagen que nos presentaba no era demasiado halagüeña: un ricachón venido a menos, un hedonista o un dandy, no más que eso. 

«Oh, Niza; oh, Mediterráneo; oh, mi terruño amado, que me ha hecho tanto sufrir… Oh, mis primeras alegrías y mis más grandes tristezas; oh, mi infancia, mis ambiciones, mis Gracias, la torre, el castillo del Sorprendente. Y Saetone, Fiululú, Danis… Por más que tenga cosas que hacer en otras partes, Niza será siempre el comienzo de todo. Y, junto a los sufrimientos que han oscurecido mis dieciséis años, siempre estarán los recuerdos de la primera juventud, que son las más bellas flores de la vida.» (Lunes 30 de enero de 1882)

    Eso fue hasta que Catherine Hayet, traductora de español que colaboró con esta versión castellana del Diario de Marie Bashkirtseff, origen a su vez de este blog, descubrió en París dos elementos fundamentales para entender quién había sido en realidad el sorprendente Emile d'Audiffret.
    En primer lugar, el libro que nos ha ocupado a lo largo de este artículo. Y luego estos facsímiles que nos testimonian acerca de otra de sus facetas.


Versos líricos traducidos del italiano al francés por Emile d'Audiffret en el alejandrino francés.


    Ha sido además poeta —tal como lo cataloga el site de la Biblioteca Nacional de Francia—, lamentablemente su obra poética permanece aún velada aunque no dudamos que tarde o temprano saldrá a la luz.

    Poco tenía de estúpido, entonces, nuestro Emile d'Audiffret aunque sí mucho más de sorprendente de lo que Marie Bashkirtseff jamás se imaginó. ⬜



© José H. Mito





Fuente: Paris-Tokyo-Paris. Notes d'un Globe-Trotter, por Emile d'Audiffret, Jean-Claude Gawsewitch Éditeur, París, 2004.
Gracias, Catherine Hayet, por regalarme este maravilloso libro.





Del Índice de personajes citados en el Diario de Marie Bashkirtseff.


  Emile d'Audiffret, Victor Arson de Saint-Joseph, Andriot Saetone, Félix Galula-Dechiar, Olga, Marie y Nina Sapogenikoff en el Glosario de la versión en español del Diario de Marie Bashkirtseff, de próxima aparición, actualmente en etapa de revisión general. La edición constará de dos volúmenes con un total de poco más de mil seiscientas páginas, de las cuales alrededor de cien estarán ocupadas por este índice de los miles de personajes citados —la mayoría mencionados sólo por el apellido— a los cuales en gran medida hemos podido identificar para este trabajo de traducción. La edición integral en francés del Cercle des Amis de Marie Bashkirtseff publicada entre 1995 y 2005 abarca dieciséis tomos. Esta versión en español es una selección de textos escogidos que representan un cuarenta por ciento del total, con una rigurosa continuidad narrativa, en la que se pretende rescatar a la verdadera Marie Bashkirtseff para el público hispanoparlante.






Marie Bashkirtseff Dixit: «Nosotros, pigmeos modernos, con nuestro pequeño orgullo, nos creemos más civilizados porque somos los últimos.» (Lunes de 3 julio de 1876)






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