Vida y obra




¿Quién fue Marie Bashkirtseff?


Marie Bashkirtseff a los veintiún años en vestido de sociedad, foto de Waléry, París, 1879, coloreada. A la derecha, su obra Jean et Jacques de 1883 con la que hizo su presentación como pintora del Naturalismo (imagen cortesía de Joel L. Schiff).

 
  Vamos a reseñar aquí cómo ha vivido y qué ha hecho Marie Bashkirtseff pero además nos detendremos en un aspecto que las enciclopedias suelen pasar por alto: la evolución de sus puntos de vista políticos y sociales que transformaron a una aristócrata, elitista contumaz, en una retratista de los suburbios pobres de París.

Marie Bashkirtseff en 1884.
    Marie Bashkirtseff (Gavronzi, Imperio ruso, 11 de noviembre de 1858; París, Francia, 31 de octubre de 1884), fue una artista plástica, escritora y activa feminista que dejó escrito un Diario íntimo, notable por la franqueza con la que describe su vida privada, su evolución artística y la de sus concepciones políticas y su lucha por hacerse un lugar en un mundo todavía dominado por los hombres. 

    Dotada de inquietudes y de capacidades múltiples, había aspirado primero a una carrera como cantante lírica para luego enfocarse en la pintura y en la escultura. Sus obras son patrimonio hoy en día de diferentes museos del mundo.  Se inscribió en el Naturalismo, la corriente  literaria y pictórica que propugnaba una descripción cruda y fidedigna de la realidad de su época. En tal sentido, desde los catorce años escribió un Diario y se propuso allí exponer toda la vida de una mujer —la suya propia— hasta en los mínimos detalles como objeto de interés para los estudiosos. Publicado en dos tomos en 1887, tres años después de su muerte, resultó un éxito editorial que fue reimpreso y traducido a múltiples lenguas durante más de medio siglo. Luego cayó progresivamente en el olvido.

Firmas de Marie Bashkirtseff.
    Marie Bashkirtseff (en ucraniano Марія Костянтинівна Башкирцева y en ruso Мария Константиновна Башкирцева), conocida en los países hispanohablantes como María Bashkirtseff y como Maria Konstantinovna Bashkirtseva en aquellos de lengua eslava en los cuales es de uso un nombre patronímico que se feminiza al igual que el apellido, abandonó Rusia a los once años, vivió desde su temprana adolescencia en Francia, escribió en francés  y dejó toda su obra pictórica y literaria rubricada con la grafía francesa tal como la transcribimos al principio de este párrafo.  Creemos por tanto que sería también impropio ceder a la tentación de castellanizar Bashkirtsev a su apellido.



INFANCIA EN RUSIA

Residencia de los Bashkirtseff en Gavronzi.
    Nació en el feudo paterno de Gavronzi (o Havrontsi), distrito de Dykanka, en la región u oblast de Poltava del entonces Imperio ruso, hoy Ucrania. Murió joven en París, a los veintiséis años. Tanto su familia paterna, los Bashkirtseff, como la materna, los Babanine, pertenecían a la aristocracia menor y rural de aquella nación en ese entonces conocida como la Rusia chica (Rusia menor o Maloróssiya, en ruso) que es la Ucrania de nuestros días. Su abuelo materno se jactaba de su origen tártaro. Terratenientes en un entorno feudal, sus privilegios habrán de ser borrados más de medio siglo más tarde por la Revolución rusa, sólo tres décadas después de la muerte de Marie Bashkirtseff.

Olvidada su memoria durante la era soviética, hoy día se la recuerda en Gavronzi, su tierra natal.
(Homenaje de la fundación rusa Renacimiento de la memoria de Marie Bashkirtseff.)


Pueblo de Tcherniakovka, propiedad de los Babanine. 
     Da la impresión de que las nupcias de sus padres habrían sido el resultado de la imposición más que de la disposición: su madre, Maria Stepanovna Babanine (1833-1920), se casó con dos meses de embarazo y según parece su padre, Constantin Pavlovitch Bashkirtseff (1833-1883), ya sustentaba solapadamente otro hogar. Dos años después y luego del nacimiento del hermano menor de Marie, Paul (Pavel) Constantinovitch, el matrimonio se separó. Marie y Paul pasan su infancia en Tcherniakovka (o Chernyakivka), la hacienda de sus abuelos maternos, a 90 km. de Gavronzi.

También en nuestros tiempos se le rinde culto en Tcherniakovka, donde transcurrió su infancia.
(Crédito de la foto: http://www.golos.com.ua/article/305302)


    Crecerá a la sombra de un personaje que estará omnipresente a lo largo de casi toda su vida: su tío materno, Georges Stepanovitch Babanine (ca. 1831-1882). Hombre culto y refinado, el alcoholismo, sin embargo, había hecho de él un individuo brutal y soez. Todo a lo largo de su Diario Marie dará cuenta de sus violencias y sus escándalos y en alguna oportunidad dejará también al descubierto la confusa relación que existía entre su madre y su tía, Nadine Stepanovna Babanine-Romanoff  (ca. 1847-1910) y este tío, hermano y protegido de ambas. Será, probablemente, paradigmática para Marie la imagen del tío Georges a la hora de observar a los hombres como hombres: no se sentirá, por lo general, atraída por los virtuosos, todo lo  contrario.

Marie Bashkirtseff, su madre y su hermano Paul. De pie, Dina o una institutriz.
    El narcisimo y el egocentrismo que marcarán su vida ya se hacía presente en su infancia. Ni su hermano Paul ni su prima Dominique (Domenica) «Dina» Georgievna Babanine (1855-1914) —a quien toda su vida habrá de considerar como su hermana— le hacían sombra en el seno de una familia que la idolatraba y que la acostumbró a erigirse en centro de interés. Desde niña aspiró a descollar y soñó con la celebridad artística o el fausto de la corte.

    El francés era el idioma culto de la aristocracia rusa y lo aprendió desde la cuna. Como era de costumbre en su medio, su educación estuvo a cargo de distintas institutrices, rusas y francesas. De una de ellas, madame Brenne —que años más tarde habrá de morir tísica en Crimea y a quien el tío Georges concurría a leerle libros escabrosos en presencia de una Marie niña que todo lo comprendía—, guardará un preciado recuerdo debido a que con esta dama aprendió a dibujar.  Puesto que, según parece, en una persona sana los síntomas de la tuberculosis activa pueden aparecer aproximadamente una década después del contagio, madame Brenne podría haber sido quien le insuflara a Marie Bashkirtseff tanto su interés por el arte como el mal que la habrá de llevar prematuramente a la tumba. El concepto del contagio y la profilaxis no pasaba todavía por el discernimiento de la medicina.

    En 1865, cuando Marie tenía seis años, la justicia expulsó al tío Georges de sus territorios y éste debió transladarse a cien kilómetros de los dominios paternos. Lo acompañaron, curiosamente, sus dos hermanas, madre y tía de Marie Bashkirtseff. Esta última también fue también de la partida junto con su hermano Paul. En ese exilio conocieron a un rico hacendado, Thadée Sergeiévitch Romanoff (ca. 1821-1871), y Georges y sus hermanas se confabularon para atraparlo, según cuenta la propia Marie Bashkirtseff en el prólogo de su Diario. Romanoff quedó prendado de la madre de Marie, que había sido una mujer muy atractiva, pero terminó casándose —copas de por medio, al parecer— con la tía Nadine.

Marie Bashkirtseff en 1869.

    Con la fortuna de Romanoff, la familia pudo abandonar el Imperio ruso para encarar un largo periplo por distintas ciudades europeas. Recientemente viudo de su esposa francesa, el abuelo materno, Etienne Georgievitch (Stepan Yegorovitch) Babanine (1807-1878) tendrá un lugar en esta tribu trashumante, lo mismo que sirvientes e institutrices y hasta un médico polaco, Lucien Walitsky, a quien habían conocido en el exilio y que Marie Bashkirtseff, que en ese entonces tenía  once años, tendrá en gran estima, aunque su rol junto a la familia resulta bastante enigmático.


LOS AÑOS NIZARDOS

Niza, Promenade des Anglais por Franz von Alt
     En 1870 se instalarán en Niza, en la Costa Azul francesa. Romanoff murió poco tiempo después y en Rusia su familia inició un juicio por estafa contra su viuda, la tía Nadine. Se acusaba, incluso, al Dr. Walitsky de haberlo envenenado. La fortuna de Romanoff le permitió a la familia de Marie Bashkirtseff sostener un alto tren de vida pero el juicio por esa misma fortuna, que los amenazaba con la más humillante de las ruinas —Marie sopesó incluso la posibilidad de un destierro americano—, pendió sobre sus cabezas diez de los doce años en los que escribió su Diario y sólo se remedió cuando otro tío chantajeó al juez de la causa, según nos contará la propia autora.

Fanny de Mouzay.
    Los años mediterráneos de Marie Bashkirtseff serán los de la adolescencia, en los que conoció una relativa felicidad, aunque en todo momento opacada porque el más importante de sus anhelos, brillar en sociedad, chocaba con el casi absoluto aislamiento de la familia tanto en la comunidad rusa, a causa del juicio Romanoff, como en el seno de la sociedad de Niza en general, debido a los permanentes escándalos del tío Georges. La condesa Fanny de Mouzay, funcionaria durante el Imperio bonapartista caído el mismo año de la llegada de la familia de a Francia, será uno de los escasos miembros de la alta sociedad que les abrirá sus puertas y jugará un muy importante rol en la vida de Marie Bashkirtseff.

Marie Bashkirtseff con amigas. Tiempos felices en Niza.

Marie Bashkirtseff, adolescente.
    A los catorce años comenzó a escribir su Diario íntimo. En aquellas épocas se sentía atraída por un prusiano, Alfred Boreel, alcohólico y libertino, a quien solía encontrar acompañado de mujeres galantes. También se enamoró platónica pero intensamente de un duque inglés, Hamilton, devoto igualmente de la buena bebida y con aspecto de carnicero, tal como ella misma lo describía entreviéndolo mientras aquél visitaba a su amante en la residencia contigua a la de los Bashkirtseff. Pero por otra parte conoció la amistad y las alegrías de la adolescencia y flirteó con algunos integrantes de la llamada juventud dorada de Niza, en particular con el joven dueño del castillo que dominaba la ciudad, Emile d'Audiffret, futuro autor de un interesante libro de viajes que en este blog ya hemos comentado.


Duque de Hamilton, caricatura de Vanity Fair, 1873

    La educación secundaria en Francia había sido instituida por Napoleón Bonaparte en 1808 aunque en la época de Marie Bashkirtseff todavía permanecía abierta únicamente a los alumnos varones. A los catorce años  ella se propuso presentarse a exámenes libres en un bachillerato de ciencias —el proyecto se frustrará por sus constantes viajes— y para ello planificó sus estudios con profesores particulares, nueve horas por día, que continuó a lo largo de un año. Abordó, asimismo, con seriedad estudios de italiano, inglés y latín, además de dibujo con un pintor nizardo, François Bensa (1811-1895) y continuó con el piano, que estudiaba de muy pequeña y en el que alcanzó una gran suficiencia.

François Wartel, profesor de canto.
    Enamorada de aquel imposible que era el duque de Hamilton, a los catorce años evaluaba la posibilidad de que una carrera como cantante de ópera lo pusiese a sus pies.  Estaba dotada de un registro excepcional, años más tarde uno de los más importantes profesores de canto de París definiría su diapasón de mezzosoprano: tres octavas menos dos notas. Sin embargo su voz iba y volvía a cuestas de una laringitis crónica, incipiente síntoma de la tuberculosis que acabará con su vida. A los dieciséis, en las páginas del Diario expone por primera vez sus manifestaciones: tiene el pecho tomado y escupe sangre.

Pietro Antonelli.
    Viajará a Roma y a Nápoles con la intención de estudiar canto y pintura y también con el propósito de hacerse esculpir desnuda puesto que, según su narcisismo, tan hermoso era su cuerpo que no debía privárselo a la posteridad. En la península conoció al ya decrépito Papa Pío IX y también al cardenal a quien se consideraba su sucesor, Giácomo Antonelli, y a un sobrino de éste, el conde Pietro Antonelli, con quien sostuvo un fogoso romance y proyectó un matrimonio que la familia del novio se encargó de escamotear.  Se sintió, además, muy atraída por otro conde, Alessandro de Larderel, alcóholico y de vida disipada cuya amante le acababa de dar una hija, que Marie estará dispuesta a adoptar.


EVOLUCIÓN

Napoleón III capitula ante Otto von Bismarck.
    Cuando la familia abandonó el imperio de los zares había pensado seguramente echar raíces en otro imperio, el francés de Napoleón III. Sin embargo la guerra franco-prusiana los sorprendió en medio de Europa y en el momento del arribo a tierras galas —no sabemos con precisión en qué mes de 1870 sucedió esto— el emperador había probablemente abdicado ya, luego de la derrota y su posterior captura en la batalla de Sedán. Desde la seguridad de Niza, las noticias llegaban desde una París asediada por los prusianos y Marie citará con orgullo una medalla que la familia recibió por su asistencia a los heridos. Luego, en la Francia de post-debacle, el sistema democrático resurgió con el restablecimiento de la República tras dieciocho años de Imperio. Orleanistas y legitimistas —partidarios de la restauración de dos antiguas monarquías—, así como  los recientemente depuestos bonapartistas pugnaban, sin embargo, por la reimplantación de una corona en el trono francés. Los Babanine-Bashkirtseff, aristócratas como eran, no podían sentirse cómodos sino bajo el techo de la realeza y paulatinamente entablaron relaciones con las huestes bonapartistas, tal vez porque fortuitamente fueron cálidamente acogidos por la condesa de Mouzay. «La república es producto del egoísmo y la codicia de la chusma. La monarquía, en cambio, encarna los sentimientos elevados, nobles, grandes, que esclarecen y pulen el alma en la que penetran. [...] La república es la degradación y el derrumbe de todo aquello que existe de delicado y excelso», sentenciará una Marie Bashkirtseff de dieciséis años, que desde su patricia cuna había aprendido a venerar a la realeza. 

     En uno de sus tantos periplos por París para visitar casas de alta costura, la condesa de Mouzay le presentará a Paul de Cassagnac, periodista, diputado y jefe de la facción bonapartista. 

Paul de Cassagnac.

Rodolphe Julian
    En 1877, a poco de cumplir diecinueve años y decidida a estudiar pintura seriamente insta a la familia a mudarse a la capital francesa. Allí se inscribirá en la Academia Julian, inhibidas como estaban las mujeres para ingresar a la escuela oficial de Bellas Artes. En París, donde los ecos del juicio Romanoff llegaban un tanto más sordos y ya bastante raleadas las apariciones del tío Georges, la familia logra hacerse un lugar en la alta sociedad. Sin embargo la mala reputación que se habían ganado vedaba para Marie el gran honor de ser invitados a las fastuosas recepciones de la Embajada de Rusia, un priviliegio que tanto anhelaba desde sus épocas de Niza y al que sólo accederá unos meses antes de su muerte, no ya por su apellido sino por su prestigio como pintora.

     Durante los primeros tiempos de su residencia  en París la amistad con Cassagnac se estrecha y Marie asistirá a las sesiones de la Cámara de diputados para presenciar sus vibrantes alocuciones. 

    Viajará a Rusia, entablará relaciones con su padre y experimentará un sentimiento de pertenencia con aquella patria que había abandonado de niña y con sus habitantes, quienes la impresionan favorablemente. Con el paso de los años visitará sus tierras natales en otras dos oportunidades fruto de lo cual nos legará una gran cantidad de retratos de familiares y vecinos de la Petite Russie

    De regreso en París se acentuó su interés por aquel destacado hombre público, director de un periódico, notable orador, consumado duelista y afortunado donjuán. Cassagnac habrá de ser el hombre que Marie Bashkirtseff más amó: «ese eclipsamiento de la mujer ante la superioridad del hombre amado debe ser el más grande goce de amor propio que pueda experimentar una mujer superior», habrá de escribir meses más adelante, cuando aquél ya la había desdeñado para casarse con una simple desconocida. El domingo 2 de junio de 1878, Marie apuntará en su Diario: «Ese matrimonio me contraría como la muerte de Walitsky» y, apenas al día siguiente, «Cassagnac o algún otro pueden hacerme bonapartista de palabra, pero en mi corazón, en mi alma, soy republicana.» 

Caricatura de Paul de Cassagnac.

Aníbal Ponce.
    Ágil de reflejos, el psicólogo Aníbal Ponce, ya lo hemos visto, se apresuró a advertirnos: «Puesto que Cassagnac, bonapartista, la había abandonado, la mejor forma de vengarse sería confesando su amor por la República.» Lapsus ¿o no? de Aníbal Ponce, que se debatía entre su propia mutación al marxismo y la admiración por esta aristócrata rusa: habla de confesión, no de conversión.

Marie Bashkirtseff, en atuendo de trabajo, pincel en mano.
    Tal vez la conversión de Marie Bashkirtseff ya había comenzado aquel 2 de octubre de 1877 cuando con todas sus señoriales ínfulas llegó estudiar pintura a la Academia Julian y con el correr de los días —y de los años— debió compartir ocho, diez o más horas, de lunes a sábados, con una decena y media de otras chicas estudiantes por ninguna de cuyas venas —salvo alguna rara excepción— corría sangre azul y ninguna de las cuales conocía como ella las vanidades de la opulencia. Todo lo contrario: muchas de ellas se debatían en la pobreza, tal como ya hemos visto en el caso de Sophie Schaeppi o como Louise Breslau, de quien Marie Bashkirtseff terminó por envidiar —entre otras cosas— el ambiente artístico en que vivía en la modesta buhardilla que a duras penas alquilaba. 

Sophie Schaeppi y Louise Breslau en el cuadro de Breslau Les Amies (detalle).


Louise Breslau y Marie Basahkirtseff, dos estilos.
    Para Marie bashkirtseff, vestirse con las más costosas prendas de la alta costura fue siempre una cuestión de honor. Sin embargo un día, en los primeros tiempos de estudios, cuando la amistad con Louise Breslau parecía todavía posible, la veremos mimetizarse con aquella, probablemente para que no humillar a la suiza y sus modestas vestimentas. «Con un viejo sombrero verde oscuro, cubierta por un abrigo a cuadros verdes, azules y negros, y el aspecto de una verdadera suizota, había ido a pasear por el Palacio Real con Breslau, mientras esperábamos al modelo.» (Lunes 8 de abril de 1878).


    Allí, en el atelier de mujeres, fue probablemente cuando por primera vez hizo contacto con el sentido de democracia y tomó conciencia de algo que siempre había negado, el segundo axioma de la divisa republicana, el sentido de la igualdad: «En el atelier todo desaparece, nadie tiene ni apellido ni familia, nadie es la hija de su madre. Allí se es una misma, un individuo, y se tiene delante de sí el Arte y nada más. ¡Se siente una tan contenta, tan libre, tan orgullosa!» (sábado 6 de octubre de 1877). Pero este roce con gente que no era de su esfera también le permitió conocer otras realidades, otros mundos de los que hasta ese entonces había preferido desentenderse: «Llegué al atelier antes de las siete y fui con las suecas a una lechería a desayunar por quince centavos. He visto a los obreros, a los chiquillos en delantal ir a tomar su pobre chocolate, ese que yo misma bebí» (lunes 27 de mayo de 1878). Allí están los personajes de sus futuras grandes obras y allí la agudeza y la permeabilidad de Marie le permiten continuar con su evolución: «Lo indignante es que acabo de llenar de leña la chimenea sin ninguna necesidad porque no hace para nada frío… mientras que, tal vez, en este mismo instante hay desdichados que tienen hambre, que tienen frío y lloran de miseria… Estas son las reflexiones que detienen inmediatamente las lágrimas que me complazco en derramar» (domingo 16 de febrero de 1879), tan distante de la percepción de un Cassagnac que, con cinismo y amoldándose a las reglas de la democracia, le había anunciado alguna vez: «llegaremos por las alcantarillas, podremos tomar un baño después». Si no se quiere ver un cabal testimonio de su compromiso con el modelo republicano en las lapidarias anotaciones que dejó acerca de la tiranía de los zares y la corrupción, la censura y la represión en el imperio ruso, cuanto menos es posible apreciar allí que sus ideales monárquicos tambaleaban o habían caído ya. Y acaso también fue profética: «Si en tiempo de paz y de tranquilidad el pueblo ruso es manso y sencillo como una oveja, cuando se rebele será feroz hasta la rabia, cruel hasta el delirio» (sábado 12 de agosto de 1876), escribirá exactamente cuarenta años antes de la revolución en la que, al parecer, dos Bashkirtseff, hijas de su hermano Paul, han desaparecido bajo la marea roja.

Émile Zola por Édouard Manet.
    «Antes de ayer terminé "L’Assommoir" (La taberna) y me sentí casi enferma, tan atrapada por la realidad que encontré en ese libro. Me parecía vivir y conversar con esas gentes. Me sentí en un momento indignada de vivir y de comer, pensando en esos horrores que ocurren a mi alrededor, un poco más allá de mi vista… Todos deberían leerlo para mejorar…  [...] ¿Quién puede, entonces, cerrar los ojos a la cuestión social?», escribirá el jueves 3 de febrero de 1881 luego de la lectura de esta novela de Émile Zola que trata sobre el alcoholismo en las estratos sociales más desprotegidos. Es difícil comprender cabalmente la evolución de los puntos de vista de Marie Bashkirtseff sin haber pasado antes por la crudeza con que las obras de Zola ponían, y ponen, al descubierto los dramas sociales de la época, por hablar de sólo uno de los escritores naturalistas que eran de su preferencia, lectura, por lo demás, absolutamente tabú para las señoritas y no tan señoritas de la burguesía y de la alta sociedad de su tiempo y que sin embargo Marie venía leyendo desde varios años atrás.

    Por otra parte, y se suele pasar ésto por alto, también estuvo Rosalie Grond. Catherine Hayet, admiradora y estudiosa de la vida de nuestra protagonista, escribirá alguna vez que Rosalie Grond fue una de las pocas personas por las que Marie Bashkirtseff experimentó un afecto sin fisuras, en tanto que nosotros mismos hemos arriesgado en el post correspondiente que Rosalie ha sido lo más parecido a una amiga que Marie —escéptica de la amistad entre mujeres— ha podido tener. ¿Quién ha sido este personaje?: Rosalie Grond fue su doncella, vale decir, su empleada doméstica. Cómplice de aventuras, confidente y sostén durante el último tercio de su vida, estuvo más próxima a Marie —compartían el mismo piso— que su familia misma. Esta chica de rostro gitano, apenas unos años mayor que su patrona, eran una muchacha de pueblo y no dudamos que a fue través de ella que Marie Bashkirtseff también aprendió a comprender el alma de la plebe.

    Suponer con ligereza que la transformación de su perspectiva política y social se debió simplemente al despecho es, consideramos, subestimar un espíritu por demás despabilado y un punto de vista adelantado como el suyo: no por nada «una chica de nuestro tiempo» (Albéric Cahuet, 1925),  «una mujer de nuestro tiempo» (Colette Cosnier, 1985) coincidirán sus biógrafos, sensación que corroboran sus lectores de la actualidad. Por más que interesada ­—por qué no decirlo­— primero en Cassagnac y luego en un apolo, Joseph Arnaud, secretario de Gambetta, sus asistencias a los debates en la Cámara de diputados han sido por demás asiduas y no han podido dejar de abrirle los ojos y hecho cavilar sobre muchos aspectos de sus concepciones sociales. Su ingreso, allá por fines de 1880, en la asociación Droits des femmes (Derechos de la mujer) —de corte socialista en el que sus miembros clamaban por reivindicaciones no sólo de género­— ha sido corolario y evidencia de esta evolución.


OBRA

    Sí que podemos atribuirle al despecho su definitiva decisión de sumergirse en la pintura. Así como años atrás había soñado que una carrera operística pondría a sus pies al duque de Hamilton, ahora piensa que Cassagnac se habría de arrepentir por haberla desdeñado si pudiese alcanzar ella la celebridad como pintora. Día tras día, ocho horas o doce cuando había cursos nocturnos, de lunes a sábados Marie Bashkirtseff se enclaustrará durante los siguientes años en el atelier de mujeres del maestro Julian o en el suyo propio en pos de la revancha. Aunque, con el correr de los años, una nueva transformación terminará por hacerse presente: en el otoño boreal de 1881 un periplo por España le permitirá dejarnos un portentoso relato de viaje al tiempo que, desde el pincel de Velázquez en los salones de El Prado, ella asistirá a un prodigio: comprenderá por primera vez la pintura. Poco después, recapacitando sobre su antigua motivación, apuntará en su Diario: «En fin, incluso sin eso, es preciso llegar, es preciso llegar, es preciso llegar… » (sábado 5 de noviembre de 1881). Pero dejemos aquí —para ser equitativos— que el propio Ponce nos dé cuenta de esta otra faceta evolutiva en la vida de nuestra heroína: «La última línea "en fin, incluso sin eso", indica que después de algunos años de trabajo con la esperanza de reconquistar a Cassagnac, María Bashkirtseff empezaba a comprender que había encontrado en la pintura un goce nuevo.»

    Una joven sobre un sillón sujetando en una mano un retrato y una flor y, en la otra, un manojo de cartas. Tal el óleo con el que en 1879 Louise Breslau se presentó por primera vez en el Salon de Paris. Todo pasa, lo intituló y lamentablemente hasta el momento no hemos podido dar con su imagen.  Otra joven también sobre un sillón pero enfrascada en la lectura de un libro fue el cuadro con el que un año más tarde debutará Marie Bashkirtseff. Muchacha leyendo La cuestión del divorcio (de Alexandre Dumas hijo) será su título.  Se trataba de un golpe de efecto puesto que el tema del divorcio despertaba acaloradas polémicas por ese entonces.

Marie Bashkirtseff, Muchacha leyendo La cuetión del divorcio. Óleo sobre tela, 89 x 130 cm. Museo de la fundación rusa Renacimiento de la memoria de Marie Bashkirtseff, Poltava, Ucrania.


Louise Breslau y Marie Bashkirtseff, caricaturas del lápiz de algunas camaradas de atelier.
    La rivalidad entre Louise Breslau y Marie Bashkirtseff durante la estancia de ambas en la Academia Julian ha dado mucho que decir y en más de una ocasión se ha opinado acerca de quién de ambas habría llevado las de ganar. Por supuesto que Marie, con cuatro décadas de handicap con respecto a Louise, no las tiene allí todas a su favor. La suiza Breslau se ha ganado un sitial de honor entre los más destacados retratistas de su tiempo y ha desarrollado técnicas pictóricas personales a lo largo de aquellos cuarenta años que siguieron a la muerte de su competidora rusa.

    Marie Bashkirtseff, el grueso de cuyos trabajos se ha perdido durante la Segunda Guerra mundial, también se enfocó en el retrato y las obras que de ella han  sobrevivido nos dan testimonio de su talento en ese sentido. 

Marie Bashkirtseff, Mujer joven con bouquet de lilas (detalle), óleo sobre tela, ¿1881?, 64,5 x 80,5 cm., Museo estatal ruso, San Petersburgo, Rusia.

Marie Bashkirtseff, Retrato de un italiano (detalle), 1878, medalla en la Academia Julian, carboncillo realzado con blanco sobre papel gris, 46,5 x 59,5 cm. Museo estatal ruso, San Petersburgo, Rusia.



Marie Bashkirtseff, El paraguas (detalle), óleo sobre tela, 74 x 93 cm., 1883, Museo estatal ruso, San Petersburgo, Rusia.

    En el Salon de Paris de 1881 presentó el Atelier de mujeres de la Academia Julian, instigada por su maestro que, excelente empresario como era, buscaba no sólo la publicidad por el tema elegido sino también por su autora, con lo que aspiraba a llamar la atención de las señoritas de la alta sociedad. 

Marie Bashkirtseff, El atelier de mujeres de la Academia Julian, 1881, óleo sobre tela, 181 x 145 cm., mueso de bellas artes de Dnipropetrovsk, Ucrania.  

    Aunque también supo interesarse por otros temas, más complejos que el retrato, el paisaje o la naturaleza muerta, tópicos éstos a los que el status quo circunscribía a las señoritas artistas. 

«¡La calle! Regresando de casa de Tony nos hicimos llevar por las avenidas alrededor del Arco del Triunfo, eran las seis y media, verano, los porteros, los chiquillos de compras, los obreros, las mujeres, todo eso en las puertas o sobre los bancos públicos o charlando frente al mercader de vinos. ¡Pero si allí hay cuadros admirables! ¡Rotundamente admirables! Lejos de mí apuntar sobre todo a una parodia de la realidad, eso es cosa para gente vulgar. Pero en esa vida, en esa realidad hay cosas admirables. Los más grandes maestros sólo son grandes por la verdad. Regresé maravillada de la calle, sí, y todos aquellos que se burlan de eso que llaman naturalismo no saben de qué se trata y son imbéciles. Se trata de atrapar la naturaleza en el acto, de saber escoger y atraparla. La elección hace al artista. [...] Se podría explotar esa mina… No querría tocar el campo, Bastien-Lepage reina allí como soberano, pero la calle no ha tenido todavía su… Bastien.» (Lunes 7 de agosto de 1882)

    Muchas de esas obras se han perdido durante aquella gran ignominia que fue la Segunda Guerra Mundial y de apenas sólo algunas de ellas nos quedan unas escasas fotografías en blanco y negro o algún que otro grabado de época que se ha utilizado para alguna publicación, aunque en muchos casos sólo el título o, con suerte, las descripciones que ha dejado Marie Bashkirtseff en su Diario, aunque no siempre solía ocuparse del asunto: 

    «Esperando al artista. La modelo, una mujercita rubia sentada a horcajadas sobre una silla, fuma un cigarrillo contemplando el esqueleto, entre cuyos dientes ha colocado una pipa. Las ropas están esparcidas por el suelo a la izquierda, a la derecha las botitas, una cigarrera abierta y un ramito de violetas. Una de sus piernas pasa por debajo del respaldo de la silla, sobre el cual está acodada y tiene una mano bajo el mentón. Una media en el piso y la otra toda­vía en el pie.» (Martes 19 de octubre de 1880) 
    Y Colette Cosnier, su biógrafa, que se pregunta: «¿Una modelo frente al esqueleto del atelier o Marie observando su propia muerte?»

    «Mi cuadro es precisamente un afiche electoral frente al cual hay un joven tendero con su cesta, un obrero que ríe con un señor que lleva un maletín bajo el brazo, un almidonado con aspecto muy estúpido y un vasto sombrero bonapartista de quien sólo se ve su… sombrero. En el fondo, una mujercita. Es de tamaño natural, a medio cuerpo. En síntesis, eso y lo demás me vuelven loca, me tiembla la mano al escribirlo.» (Jueves 11 de agosto de 1881) 

     Desde su temprana adolescencia se interesó por la historia, principalmente por aquella de la antigúedad clásica y leía apasionadamente a Plutarco y a Suetonio. Quiso, así, pintar la muerte de César.  «Haré ese cuadro. Para mí, a causa de mis sentimientos, y para la masa, porque son romanos, porque hay anatomía, sangre y porque soy una mujer y las mujeres no han hecho nada clásico en grande y quiero entonces emplear mis facultades de composición y de dibujo.» (Miércoles 28 de noviembre de 1883)

    También en los últimos tiempos intentó plasmar escenas de luchadores para lo que requirió el apoyo de Rodolphe Julian quien había dejado varios trabajos sobre ese tema y, según parece, había sido luchador él mismo. Pero el proyecto se diluyó por falta de interés de su maestro.

Marie Bashkirtseff, Una carpintería en Mont Doré o El niño del coro, fotografía en blanco y negro. El cuadro original permanece desaparecido.

Marie Bashkirtseff, Carnaval de Niza, 1882, carboncillo realzado con blanco sobre papel, 28,1 x 42,7 cm., museo estatal ruso de San Petersburgo, Rusia.

Marie Bashkirtseff, Ofelia, grabado a partir de una obra cuyo localización actual es desconocida.



    En 1882 había comenzado a hacer escultura, modelando sobre arcilla. En algún momento habrá de comprender que se trataba ésta de su verdadera vocación, que prefería la forma a los colores. Pero ya estaba recorriendo sus dos últimos años de vida. Dejará, aún así, una escultura en bronce, Dolor de Nausicaa, que se exhibe en exposición permanente en el museo d'Orsay, en París. También algunas otras que se han perdido y de las que sólo se conservan los grabados del catálogo de su exposición póstuma de 1885.

Marie Bashkirtseff, Dolor de Nausicaa, 1883, bronce, altura: 83 cm., museo d'Orsay, París, Francia.

Marie Bashkirtseff, Mujer reclinada, grabado publicado en el catálogo de su exposición póstuma, escultura de localización actual desconocida.

Marie Bashkirtseff, Muchachito, grabado publicado en el catálogo de su exposición póstuma, escultura de localización actual desconocida.

    Nos dejó también la descripción de un gran grupo escultórico que nunca estuvo en condiciones de encarar: 
    «Todo desciende como un huracán. Es un bajo relieve, los personajes de primer plano en bulto redondo. Es un cuadro en relieve con los últimos planos apenas dibujados. Será muy grande, tamaño natural. Diecisiete o dieciocho figuras. Es un torrente furioso, una invasión, un huracán de juventud. Caerá sobre el espectador como un torbellino. Primavera, nada más que eso. La primavera es un joven dios que se precipita hacia delante seguido de una multitud de muchachas y de muchachos. Comienza desde el fondo a la izquierda y llega descendiendo sobre el frente a derecha donde se encuentra la primavera. A sus pies, hay niños que se entregan a recoger flores, a su izquierda una chica corre e intenta mirarlos a la cara, atrás, un muchacho y una joven mujer, apoyados uno contra la otra, la cabeza de la mujer entrevista de frente, un poco volcada, la del hombre se oculta un poco detrás de ella. Una chica desciende para despertar a otra muy joven que se frota los ojos, los muchachos, con los brazos al aire cantan y gritan y en el fondo a la izquierda, unas mujeres se le ríen en la nariz a un viejo sentado y encogido a los pies de un árbol. Un amor posado sobre un árbol le cosquillea el hombro con una rama… » (Sábado 21 de julio de 1883)


    No habremos de inmiscuirnos en el ámbito de la crítica de arte puesto que tal no es atribución que nos competa, sin embargo querríamos que se nos permitiese destacar aquí un aspecto que nos parece de importancia en la obra de Marie. Nos estamos refiriendo a la perspectiva desde la cual nuestra artista se situaba tanto para abordar su obra pictórica, como para escribir su Diario o tomar sus decisiones de vida. Recurrir, precisamente, como parámetro a Louise Breslau o a sus otras camaradas de atelier nos será de alguna utilidad.

     «¡Quienes hemos leído a Balzac y leemos a Zola qué deleites de observación poseemos!», nos anunciaba Marie Bashkirtseff el martes 14 de febrero de 1882. Ella leía mucho, en general en aquel siglo se leía bastante (¡pobre gente que no había inventado la TV!), y todo a lo largo de su Diario ha hecho mención a personajes y títulos de la La comedia humana, de Honoré de Balzac que, desde una saga de ochenta y cinco novelas interconectadas —de un total de ciento treinta y siete proyectadas—, describe la sociedad francesa y sus modos de sentir y de vivir a principios de siglo XIX. Pero el literato que tocó sus fibras más íntimas fue Emile Zola, contemporáneo éste de Marie Bashkirtseff y máximo exponente de la corriente naturalista en el ámbito de la literatura. «Leo a Zola todas las noches», ya nos venía diciendo en 1879. Los naturalistas proponían una visión auténtica de la realidad de la época por más desagradable que ésta les resultara a sus lectores. De esta manera, la miseria, la prostitución, el alcoholismo, las tragedias sociales poblaban las páginas de los libros que una Marie Bashkirtseff, cuyas ideas políticas estaban en estado de evolución, hacía de su preferencia. En el ámbito de la pintura, la escuela naturalista estaba encabezada por Jules Bastien-Lepage, que describía la vida, el trabajo, el amor y las penurias de los habitantes rurales de su Lorena natal y era el pintor más admirado por Marie. 

Jules Bastien-Lepage, El amor en el pueblo, 1883, óleo sobre tela.

Jules Bastien-Lepage, Pauvre fauvette.

    Louise Catherine Breslau, por el contrario, no gustaba de Zola ni tampoco, imaginamos, de Bastien-Lepage, esto último lo podemos inferir de unos párrafos de un artículo que medio siglo más tarde escribirá Madeleine Zillhardt, compañera de Louise durante cuarenta años: «un día, en el Salon, ella [Marie] encuentra a Bastien-Lepage, un pintor a quien, con una sorprendente ausencia de sentido crítico, esta chica inteligente admiraba». Marie Bashkirtseff se apersonó un día en la sede de la asociación feminista Droits des Femmes (Derechos de las mujeres). Llegaba, si se quiere, con la intención de retratar a Hubertine Auclert, su presidenta, pero permaneció allí y en más de una ocasión describirá su participación en las asambleas, incluso codo a codo en el estrado junto a Hubertine. Impulsó allí y financió la creación del órgano de prensa de la entidad, el periódico La Citoyenne (La ciudadana), que fue la rúbrica de su compromiso con el movimiento feminista y sufragista francés. Veamos, sin embargo y al respecto, cuál era la reacción de sus condiscípulas, muchas de las cuales habrán de ser las grandes pintoras de su tiempo:  «Piensen, si no, en las otras quince mujeres del atelier. Ni una sola de ellas dejará de reírse o de persignarse ante la idea de la emancipación femenina, las unas por ignorancia, las otras porque no es un asunto respetable.»

    En 1878, cuando Marie Bashkirtseff cursaba todavía sus primeros meses en la Academia Julian, en el Salon de Paris Jules Bastien-Lepage presenta su muy discutido cuadro Les foins (los henares), la primera de una serie de obras que lo habrá de convertir en estrella y guía de muchos pintores jóvenes de la época. Para situarnos en contexto digamos que aquellos tiempos se producía el punto de inflexión entre la pintura tradicional que todavía plasmaba temas históricos o mitológicos o hermosas jovencitas y ángeles desnudos y las nuevas corrientes, entre las que ya latía con todas sus fuerzas el Impresionismo. La obra de Bastien-Lepage es una pareja de campesinos en el descanso del mediodía y allí el realismo de la imagen deja poca cabida a la belleza según la entendían los pintores del academicismo. Marie Bashkirtseff, impactada por la crudeza del naturalismo en la obra de Zola o de Maupassant, de Daudet y de Flaubert, se habrá de sentir atraída por la pintura naturalista de Bastien-Lepage.

Jules Bastien-Lepage, Les foins (Los henares), 1878, óleo sobre tela.

    Cinco años más tarde, en el Salon de 1883, Marie Bashkirtseff presentó tres obras. Tenía puestas todas sus expectativas en el óleo Jean et Jacques, dos pilluelos rumbo a la escuela. El jurado, sin embargo,  le discernió una mención honorable por un pastel, el retrato de su prima Dina, lo cual sumió a la artista en una profunda irritación. El espectador desprevenido encontrará probablemente escaso interés en el retrato de esos dos escolares que poco y nada tienen de agraciados. Pero es precisamente esa característica la que la autora quiere destacar. Marie Bashkirtseff no pinta ni bellos angelillos ni rubios querubines de los Campos Elíseos sino a dos chicos pobres y deslustrados de los suburbios desamparados de París. Con Jean et Jacques Marie Bashkirtseff está haciendo su presentación en sociedad como pintora naturalista cuando, para la mirada conservadora del jurado, un apacible retrato al pastel, género menor, se ajustaba más apropiadamente al arquetipo de una joven y respetable señorita artista. Como ya sabemos, Marie colgó el cartel Mención honorable de la cola de su perro y parece que el jurado nunca se lo perdonó.

Marie Bashkirtseff, Jean et Jacques (detalle), óleo sobre tela, 115 x 155 cm., biblioteca Newberry, Chicago, EEUU (imagen cortesía Joel L. Schiff).

Marie Bashkirtseff, Retrato de Dina, pastel, 61 x 50 cm., 1883, Mención honorable en el Salon de Paris. Museo d'Orsay, París, Francia.

    Marie Bashkirtseff se destacó —al menos de entre sus camaradas de atelier— por el sentido social que le ha querido entregar a su obra, reflejo éste, podemos pensar, de su compromiso con las nuevas concepciones políticas que había abrazado y que más que probablemente le había permitido comprender la penosa realidad de aquello seres desamparados que había elegido como modelos. Para rendirle justicia a su rival, digamos que luego de la muerte de Marie, Louise Breslau pintó algunos pilluelos de la calle al estilo de Marie Bashkirtseff o en el campo, como Bastien-Lepage, en los que se insinuaba su acercamiento a la escuela naturalista.

Louise Breslau, ¿naturalista?: Pilluelos de París, 1885, óleo sobre tela 100 x 81 cm. y Pilluelo con flores azules, 1888, óleo sobre tela, 80 x 63 cm.

Louise Breslau, La landa en flor, 1886, óleo sobre tela, 150 x 116 cm. Museo Jules Bastien-Lepage, Montmédy, Francia.

    Sin embargo, lamentablemente, en el caso de Breslau da la impresión de que las incursiones en la temática de tinte social no fueron en su obra más que una excepción. Tal vez han sido razones de índole práctica las que la llevaron a situarse entre los más brillantes retratistas de su tiempo.

Louise Breslau, Les Amies (Las amigas). Mención honorable en el Salon de Paris de 1881.

    Veamos ahora un panorama de la pintura de aquellas que habían sido las camaradas de estudios de Marie Bashkirtseff en la Academia Julian.

Louise Breslau, suiza, 1856-1927


Sophie Schaeppi, suiza, 1852-1921

Magdeleine Delsarte, francesa, 1853-1927

Anna Nordgren, sueca, 1847-1916

Amanda Sidvall, sueca, 1844-1892 (arriba, izquierda, autorretrato)


Amélie Beaury-Saurel, española, 1849-1924

Anna Catharina Nordlander, sueca, 1843-1879

Jenny Zillhardt, francesa, (1857-1939)

Maria Catharina Wiik, finlandesa, (1853-1928)

Vilhelmine-Marie Bang, dinamarquesa, (1848-1932)

Sarah Purser, irlandesa, 1848-1943.




    De 1883, entre las escasas obras de Marie Bashkirtseff que no han desaparecido, nos queda otro de los testimonios de su compromiso con el Naturalismo: El paraguas, una niña de las tantas que cobijaba el asilo vecino de su domicilio, en la rue Ampère de París y que también alojaba a los pilluelos Jean y a Jacques.

Marie Bashkirtseff, El Paraguas, 1883. Óleo sobre tela, 74 x 93 cm. Museo estatal ruso, Saint Petersburgo, Rusia.

    Y, para su último Salon de Paris, preparará su pintura más reconocida, la que le habrá de granjear la aceptación del público y de la crítica, con la que esperaba alcanzar la tan anhelada medalla, pero a la que el jurado del Salon, tal vez ofendido aún por el desplante del año anterior, tal vez melindroso por la temática que escogió esta señorita artista, le dará la espalda: Un meeting, un grupo de seis niños indigentes del asilo del N° 18 de la rue Ampère, que una Marie Bashkirtseff ya con ambos pulmones tomados y transitando sus últimos meses de vida, pinta a tamaño natural y al aire libre.

Marie Bashkirtseff, Un meeting, 1884. Óleo sobre tela, 177 x 193 cm. Museo d'Orsay, París, Francia.

    Tal vez se nos haga difícil ahora comprender cuánto había de desacato en aquella, la elección de Marie Bashkirtseff, en un universo en el cual hasta las propias mujeres aceptaban su rol de protagonistas secundarias —meras espectadoras las más de las veces— y en el que el derecho al sufragio no era más que la punta de un iceberg de limitaciones, prohibiciones y sometimientos que el sexo fuerte imponía con llana naturalidad: la mujer no tenía derechos cívicos, una joven decente no podía proponer matrimonio, todo hombre joven podía y debía llevar una vida de liviandad pero una chica respetable tenía que ser virgen, una señorita artista no podía abordar temáticas transgresoras... Marie Bashkirtseff lo lamentó con un juego de consonancias, l'honneur et le bonheur (el honor y la felicidad) mientras vertía desconsoladas  lágrimas a la muerte de su admirado León Gambetta, líder republicano: «lo que lloro ahora... sólo lo podría describir correctamente si tuviese el honor de ser francesa y la felicidad de ser hombre». 

    El academicismo, la corriente tradicional que había asmilado de los profesores de la Academia Julian, proponía tomar notas en el exterior pero pintar todo en estudio. Los nuevos movimientos buscaban la autenticidad, el plenairismo, la pintura al aire libre. El naturalismo que había abrazado pondrá a prueba su pobre salud. En 1882 regresó de España con varios cuadros de exterior y con una pulmonía que estuvo a punto de matarla: sus padres y su hermano regresaron de urgencia desde Rusia ante el inminente final. Marie Bashkirtseff pocas veces habla del calvario que significó para ella su enfermedad y si no leemos entre líneas las páginas de su Diario ni siquiera nos haremos a la idea de que unos pulmones socavados provocan los sufrimientos atroces que ella jamás mencionará. Aún así, abordará hasta sus últimos tiempos obras de una envergadura tal que haría vacilar al más saludable de los artistas.

Marie Bashkirtseff, en el centro, flanqueada por dos de sus últimas obras, a escala real: Un meeting, 1,77 x 1,93 m. y Un banco (inconcluso), 3,15 x 2,47 m.


    La última de las transformaciones se producirá en los postreros meses de su vida. Desolada, porque las fuerzas la habían definitivamente abandonado y no podía pintar más y porque el intento de entregarle su Diario a un albacea de talento, como Maupassant o Goncourt, había fracasado, Marie Bashkirtseff reunió sus últimas energías para consolar a su admirado Jules Bastien-Lepage que también se estaba muriendo. Un altruismo inesperado ocupó el lugar de la egolatría que la dominó toda su vida. Anotará entonces Aníbal Ponce: «a partir de ese instante, las últimas páginas del Diario se iluminan con resplandor de crepúsculo. Hasta ese momento María Bashkirtseff sólo había conocido la ambición: desde aquella visita, conoce la bondad.» 


    Hasta aquí, un somero panorama sobre la vida, la evolución y la obra de Marie Bashkirtseff, pintora, escultora, escritora, música, cantante, mujer de mundo, ¿cómo catalogarla en definitiva? «Marie Bashkirtseff ha sido una de las más extraordinarias mujeres del siglo XIX», tal vez simplemente así, tal como nos la presenta el editor de la última, y excelente, biografía sobre nuestra heroína: Portrait of Young Genius. The Mind and Art of Marie Bashkirtseff, de Joel L. Schiff [Vernon Press, EEUU, 2017]



ENSAYO DE CLASIFICACIÓN

    ¿Quién fue esta chica a quien, través de la lectura de sus páginas, veremos nadar en las playas del Mediterráneo, galopar por las calles de Niza, cazar con carabina en las estepas de Rusia, patinar sobre el hielo en las primeras pistas europeas, ascender en globo? Vivió hace más de un siglo pero su perfil no encaja con el de una señorita de antaño. Le agradaban los caballos, incluidas las carreras y los carruajes, tal como hoy se aprecian los automóviles y el automovilismo. Tenía su propio modelo deportivo, dos plazas, que conducía ella misma y gustaba además de las cabalgatas. También, y así como al pasar, prodigaba su creatividad en la alta costura: diseñaba ella misma sus vestidos y fue un punto de referencia para la moda, en Niza y en París, en donde imponía su estilo para que las grandes casas de moda terminasen copiándolo. Cuando la selfie aún no tenía posibilidad de existir —la primera Kodak apareció en las tiendas cuatro años después de su muerte—, tendrá la lucidez de hacerse fotografiar cientos de veces a lo largo de su existencia para ilustrar su Diario. Una chica de hoy.

    Pero sobre todo, desde estas épocas actuales en las que —tan consolador leitmotiv— nuestro vertiginoso ritmo de vida no nos deja un instante libre, la gente se asombra de la cantidad de actividades creativas que Marie Bashkirtseff ha podido emprender en los breves años activos de su tan limitada existencia. Antes la gente tenía tiempo, es lo primero que se atina a razonar. Y sí que era su caso, ricachona como había tenido la suerte de nacer. Sin embargo bien podría haberse consagrado a lo mismo que la gran mayoría de las chicas de su rango, vale decir, a permanecer en la holganza, simplemente a la espera de un marido o de que algo pase, incluso la vida. Emprender el recorrido que conduce a trascender de la trivialidad es algo que pocas —y pocos— escogían y escogen, incluso en este siglo en el que nuestra dramática falta de tiempo es cruelmente desmentida por el espantoso éxito de la televisión y de la industria del entretenimiento en general. O al menos entre quienes tenemos la suerte de pertenecer a la mitad de la humanidad que come todos los días, tal como cáusticamente acotaría la propia Marie, naturalista.

Marie Bashkirtseff en 1884.

    Marie Bashkirtseff alcanzó la celebridad en Francia y en el mundo luego de la publicación póstuma de su Diario. Hoy día, sin embargo, parece que su figura se revaloriza a través de su obra artística. Hace unos años una exposición en México del parisino museo d'Orsay incluyó, entre otras, obras de Monet, Gauguin, Cézanne, Renoir, Millet, Manet, Toulouse-Lautrec, Rodin y... de Marie Bashkirtseff, la única artista mujer entre los grandes artistas.

Un meeting. En el centro de la imagen, la pintura de Marie Bashkirtseff en el Munal de México, 2012.

   ¿Habrá influido la edición del Diario en su notoriedad como pintora? Tal vez un poco. Sin embargo, un par de años antes de su muerte el público y la crítica ya le habían reconocido su talento.  El Estado francés adquirió su Meeting para el museo de Luxemburgo dos años antes de la aparición del Diario. Como sea, ya tenemos allí dos matices en los que encasillarla: la pintura y la escritura. 

    Sin embargo hay otras actividades en las que también pudo haber descollado: en primer lugar a través de esa carrera de cantante que, como hemos visto, quedó trunca por una faringitis crónica. Y también en la música, sobre todo el piano, al que le dedicó durante prolongados años muchas horas por día hasta alcanzar tal maestría que —a juzgar por los dichos de su Diario, cuya honestidad nunca ha estado en controversia— llegó a considerarse incluso superior a su amigo Dusautoy —probablemente el futuro compositor Jacques Dusautoy—, primer premio del Conservatorio. Dominaba el arpa, la guitarra y la mandolina y en sus últimos tiempos se consideraba en condiciones de componer.

Marie Bashkirtseff en 1884

    En cuanto a la escritura, ella nos dijo más de una vez que se trataba éste de su don innato, una actividad para la que no tenía que esforzarse en estudiar, tal como ha debido hacerlo con la música o con la pintura o como debería haberlo hecho con el canto. Comparte con nosotros que si hubiese dispuesto de tiempo, de una vida menos limitada, se habría dedicado al periodismo o a la literatura.  Un arcón de sus aposentos albergaba decenas, centenares quizás, de proyectos de artículos, piezas teatrales y novelas que nunca tuvo tiempo de abordar o terminar. Las crónicas que deja asentadas en su Diario acerca de la muerte de Gambetta, los relatos de su viaje por España o las críticas de arte que escribió para La citoyenne dan testimonio de su potestad en el oficio. 

    ¿Acaso su quehacer afiebrado, su meteórica carrera en la pintura sólo se debió a la percepción de una muerte próxima? ¿Nada habría logrado de otra manera? No lo creemos. Ella misma nos confiesa que desde pequeña se sintió llamada a convertirse en un ser excepcional, algo que en sus incipientes años identificaba con la realeza o con las luces de los escenarios. Perdió sus cuerdas vocales aún antes de iniciar su carrera de cantante. Murió sin haber alcanzado su madurez en la pintura y cuando apenas daba sus primeros pasos en la escultura, a la que consideraba su verdadera vocación. La conciencia de una vida breve, como dijimos, le había hecho descartar un camino en la literatura o el periodismo, actividades para las cuales se sabía naturalmente dotada. Es, entonces, en el conjunto de todo lo que hizo y de lo que podría haber hecho, en todo lo que abarcó y en aquellas cosas en las que se interesó que debemos buscar a la verdadera Marie Bashkirtseff. Las múltiples facetas de su personalidad no pueden sino llamar a la remembranza —salvando las distancias de envergadura— de los hombres del Renacimiento o de los filósofos de aquella antigüedad clásica que tanto admiró. Polímatas así se los tipifica. 

    Dotada de múltiples talentos innatos y de un carácter apasionado, ¿por cuántas otras actividades se habría interesado si el fantasma de una vida breve o la muerte misma no se hubiesen cruzado en su camino? Cuando leemos sobre su vida y su obra, lo que nos conmueve —ya lo hemos dicho en otra parte— es el carácter trágico de su existencia, en el sentido clásico del término: la muerte del héroe. Murió en su primera juventud dejándonos un legado artístico y literario y un ejemplo de entereza frente a su destino.

    En 1882 Robert Koch descubría el bacilo de la tuberculosis pero para ese entonces Marie Bashkiretseff ya estaba irremisiblemente condenada. Hoy una simple vacuna relega al mal al rincón de la indiferencia. ¿Hasta dónde habría llegado si hubiese nacido en nuestro tiempo esta mujer de nuestro tiempo? ⬜




© José H. Mito



FUENTES:

- Colette Cosnier. Marie Bashkirtseff. Un portrait sans retouches. Pierre Horay ed. Paris, 1985.

- Aníbal Ponce. Diario íntimo de una adolescente. Ed. El Ateneo, Buenos Aires, 1939.

- Catherine Hayet. Marie Bashkirtseff dans le quartier de la Plaine Monceau, en el Bulletin de Liaison N° 41 del Cercle des Amis de Marie Bashkirtseff, junio de 2012.




Marie Bashkirtseff Dixit: «Habrá que organizar algo para los domingos, me fastidia perder un día cada semana, porque no sé descansar, cuando descanso, me aburro.» (Domingo 14 de octubre de 1877)




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